Francisco regresa del baño. Mirá el reloj, las
cuatro de la mañana. Con la luz de la luna que se cuela por la ventana puede
ver a Claudia durmiendo hecha un ovillo. Se reacomoda a su lado. La tapa con
las cobijas y le acaricia el cabello con el dorso de la mano. Ella hace un leve
movimiento pero no llega a despertarse. Francisco se incorpora y, apoyado sobre
el codo, la contempla. La boca
entreabierta, la piel desnuda y tibia, el olor del amor. Paradójicamente se absuelve no soy infiel. El rey Salomón lo ha seccionado y cada una de sus
mitades pertenece a una mujer. Inferir que su amor por Claudia le quita algo al
que siente por Valeria es tan absurdo como suponer que querer a Tobi ha mermado
su devoción por los mayores. Se siente inmenso. La caja de las costillas
quintuplicando su tamaño para albergar todo el amor del mundo. Recuerda La
felicidad. Su estricta adolescencia no había podido menos que juzgar a ese
hombre que confesaba a su mujer que tenía una amante y que amaba a ambas. Ahora
puede comprenderlo. Claudia suspira y se aproxima aún más a él. Francisco le acaricia
el cabello. Ella sonríe entre sueños. Tal
vez el amor que su padre le ha profesado a Laura no le había sido robado a su
madre. Durante años lo ha juzgado con dureza. Quisiera desenterrarlo para
contarle lo que le está pasando y por primera vez se plantea la posibilidad de
no tener que renunciar a Claudia. Él tiene que ser capaz de explicarle a
Valeria que este nuevo amor lo ha transformado en un hombre mejor, más sabio,
capaz de amarla aún más que antes. Cierra los ojos. Utopías. Existe una única
realidad que son sus hijos. Cuál es el saldo de su propia infancia, qué cuotas
de disfrute y de sufrimiento soportó. Quizá las difíciles situaciones vividas
durante la niñez han nutrido su sensibilidad, su inteligencia. Quizá si no
hubiese atravesado cuanto le tocó no
podría querer a Claudia, a Valeria, a sus hijos, a sus hermanos, con ese amor
que de tanto le duele. Si modificar el pasado fuera posible, no cambiaría ni
una molécula de su infancia. La ama en
su brillo y en sus dolores. Añora su ser en estado puro. Su fidelidad
animal. Tan mal no lo habrían querido si pudieron despertar en él tamaña
capacidad de amar. Claudia abre apenas los ojos y se reacomoda. Francisco se
sumerge entre sus pechos.
Estoy en la mecedora sentado en los brazos de
mamá y escucho su corazón muy fuerte. Se hamaca, se hamaca. Papá aparece en el
marco de la puerta con una valija y dice me voy. Mamá mira fijo la ventana y
papá repite ya me voy. Mamá sigue hamacándose. Papá se va. Intento bajarme pero
mamá me agarra fuerte y sigue hamacándonos y el pecho se le sacude y me sacude.
Para adelante para atrás.
Lo despertó el ruido de la ducha. Controló la
hora. Aunque era demasiado temprano se arriesgó a ser fastidioso. Discó. El tío
me enseño a saltar vallas con el caballo
el entusiasmo de Camilo dice que
soy un crack. Pasáme con Tobi pidió él. Yo también andé. La sonrisa de Francisco ¿mi muchacho
anduvo solito? En el fondo la voz de la nena no hagas con la
cabeza porque no te ve. Un sí
lleno de zetas. Luciana le
sacó el tubo ¿ya compraste la quinta? susurró. La sonrisa de Francisco se expandió. Al
cabo de un largo rato logró interrumpir la enmarañada cháchara mañana a la
noche los llamo, cuídense mucho, ah, me olvidaba pórtense mal que portarse bien
es muy aburrido Claudia regresó desnuda. Papi, ¡mirá si te escuchara
mamá!
¿Tenés alguna foto? preguntó ella untando el pan. Francisco buscó
la billetera. Iba a abrirla cuando, de pronto, se detuvo. Claudia lo pescó al
vuelo mostramela igual. Él dudó un segundo y luego se la tendió. Un
primer plano de los cinco, riéndose. Qué chicos preciosos, Tobi tiene tu
cara pero los dos mayores son idénticos a la madre, es muy linda tu mujer
los dedos de Claudia rozando los rostros de sus hijos. A Francisco le molestó.
Ella le devolvió la foto y él experimentó la aguda necesidad de escuchar la voz
de su mujer. Mi mujer. Tal vez Claudia podía, además, leerle el
pensamiento porque dijo quiero ir a un locutorio a hablar tranquila con
Rocío.
Eligen las cabinas más separadas. Francisco no
tiene suerte. Me levanté con muchas ganas de escucharte. Todavía estoy en
Mar del Plata. Recién hablé con los chicos, sonaban maravillosos. A la noche
intento llamarte de nuevo. Un beso demasiado grande. Claudia sale de
la cabina demudada. Ya en la calle explica Rocío está muy angustiada, dice
que el padre sale todo el día y que la deja sola, me pidió que fuera Claudia
hace una breve pausa, quizás intentando organizarse ¿podrás tomar un micro?,
necesito ir a buscarla ya mismo. Francisco no duda te acompaño y después regreso por mi
cuenta y ella se resiste no tiene ningún sentido, son como cien
kilómetros. Dejáme por una vez que yo haga algo por vos. Claudia lo
mira a los ojos y tremendamente seria dice gracias.
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