miércoles, 18 de mayo de 2016

57

Francisco regresa del baño. Mirá el reloj, las cuatro de la mañana. Con la luz de la luna que se cuela por la ventana puede ver a Claudia durmiendo hecha un ovillo. Se reacomoda a su lado. La tapa con las cobijas y le acaricia el cabello con el dorso de la mano. Ella hace un leve movimiento pero no llega a despertarse. Francisco se incorpora y, apoyado sobre el codo, la contempla. La  boca entreabierta, la piel desnuda y tibia, el olor del amor. Paradójicamente  se absuelve no soy infiel. El rey Salomón lo ha seccionado y cada una de sus mitades pertenece a una mujer. Inferir que su amor por Claudia le quita algo al que siente por Valeria es tan absurdo como suponer que querer a Tobi ha mermado su devoción por los mayores. Se siente inmenso. La caja de las costillas quintuplicando su tamaño para albergar todo el amor del mundo. Recuerda La felicidad. Su estricta adolescencia no había podido menos que juzgar a ese hombre que confesaba a su mujer que tenía una amante y que amaba a ambas. Ahora puede comprenderlo. Claudia suspira y se aproxima aún más a él. Francisco le acaricia el cabello. Ella sonríe entre sueños.  Tal vez el amor que su padre le ha profesado a Laura no le había sido robado a su madre. Durante años lo ha juzgado con dureza. Quisiera desenterrarlo para contarle lo que le está pasando y por primera vez se plantea la posibilidad de no tener que renunciar a Claudia. Él tiene que ser capaz de explicarle a Valeria que este nuevo amor lo ha transformado en un hombre mejor, más sabio, capaz de amarla aún más que antes. Cierra los ojos. Utopías. Existe una única realidad que son sus hijos. Cuál es el saldo de su propia infancia, qué cuotas de disfrute y de sufrimiento soportó. Quizá las difíciles situaciones vividas durante la niñez han nutrido su sensibilidad, su inteligencia. Quizá si no hubiese atravesado cuanto le tocó  no podría querer a Claudia, a Valeria, a sus hijos, a sus hermanos, con ese amor que de tanto le duele. Si modificar el pasado fuera posible, no cambiaría ni una molécula de su infancia. La ama en  su brillo y en sus dolores. Añora su ser en estado puro. Su fidelidad animal. Tan mal no lo habrían querido si pudieron despertar en él tamaña capacidad de amar. Claudia abre apenas los ojos y se reacomoda. Francisco se sumerge entre sus pechos.

Estoy en la mecedora sentado en los brazos de mamá y escucho su corazón muy fuerte. Se hamaca, se hamaca. Papá aparece en el marco de la puerta con una valija y dice me voy. Mamá mira fijo la ventana y papá repite ya me voy. Mamá sigue hamacándose. Papá se va. Intento bajarme pero mamá me agarra fuerte y sigue hamacándonos y el pecho se le sacude y me sacude. Para adelante para atrás.

Lo despertó el ruido de la ducha. Controló la hora. Aunque era demasiado temprano se arriesgó a ser fastidioso. Discó. El tío me enseño a saltar vallas con el caballo  el entusiasmo de Camilo dice que soy un crack. Pasáme con Tobi pidió él. Yo también andé. La sonrisa de Francisco ¿mi muchacho anduvo solito? En el fondo la voz de la nena no hagas con la cabeza porque no te ve. Un lleno de zetas.  Luciana le sacó el tubo ¿ya compraste la quinta? susurró. La sonrisa de Francisco se expandió.  Al cabo de un largo rato logró interrumpir la enmarañada cháchara mañana a la noche los llamo, cuídense mucho, ah, me olvidaba pórtense mal que portarse bien es muy aburrido Claudia regresó desnuda. Papi, ¡mirá si te escuchara mamá!

¿Tenés alguna foto? preguntó ella untando el pan. Francisco buscó la billetera. Iba a abrirla cuando, de pronto, se detuvo. Claudia lo pescó al vuelo mostramela igual. Él dudó un segundo y luego se la tendió. Un primer plano de los cinco, riéndose. Qué chicos preciosos, Tobi tiene tu cara pero los dos mayores son idénticos a la madre, es muy linda tu mujer los dedos de Claudia rozando los rostros de sus hijos. A Francisco le molestó. Ella le devolvió la foto y él experimentó la aguda necesidad de escuchar la voz de su mujer. Mi mujer. Tal vez Claudia podía, además, leerle el pensamiento porque dijo quiero ir a un locutorio a hablar tranquila con Rocío.


Eligen las cabinas más separadas. Francisco no tiene suerte. Me levanté con muchas ganas de escucharte. Todavía estoy en Mar del Plata. Recién hablé con los chicos, sonaban maravillosos. A la noche intento llamarte de nuevo. Un beso demasiado grande. Claudia sale de la cabina demudada. Ya en la calle explica Rocío está muy angustiada, dice que el padre sale todo el día y que la deja sola, me pidió que fuera Claudia hace una breve pausa, quizás intentando organizarse ¿podrás tomar un micro?, necesito ir a buscarla ya mismo. Francisco no duda  te acompaño y después regreso por mi cuenta y ella se resiste no tiene ningún sentido, son como cien kilómetros. Dejáme por una vez que yo haga algo por vos. Claudia lo mira a los ojos y tremendamente seria dice gracias.

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