jueves, 12 de mayo de 2016

54

Optaron por el auto de Claudia. Sentado a su lado, Francisco levita. Silencio, concierto para clarinete de Mozart, perfume. El deseo es una nube desde la cual la observa. Cabello cuello uñas rodillas muñecas. Casi obscena contemplación. Porque no está dormida ni mucho menos muerta. A ella no parece  molestarle y, cada tanto, le dedica una sonrisa distraída. A Francisco le escuece la piel. Todas las células nerviosas concentradas en su contorno en descarado reclamo. Francisco se avergüenza de su deseo, cuarenta años, y le pregunta qué pensás buscando distraer los sentidos.  Repaso contesta ella mañana tengo que presentar un trabajo. Francisco apaga la radio practicá en voz alta le propone y agrega, remedando a Camilo, no me molesta. Ella luego de unos segundos arranca la amnesia disociativa es una incapacidad para recuperar información personal importante, la cual es demasiado generalizada para ser considerada un olvido normal. Francisco piensa soy un depravado porque las palabras de ella lo retrotraen al diván y tiene que reubicar el diario sobre los muslos para ocultarse.

Rosa trajo a la Susi. Yo la invito a ver mis autos y ella no me contesta pero me sigue y entramos y yo cierro la puerta de mi cuarto y me tiro en el piso a jugar Susi se queda parada y me mira tiene la cara llena de gotitas porque hace calor mucho calor entonces me siento y me saco las boyero y ella de pie las alpargatas yo me paro enfrente y la miro es casi tan alta como yo tiene dos trenzas negras con moños rojos y como tengo calor me saco la remera y el pantalón con las manos sudadas y ella se saca la solera me mira desafiante y se baja la bombacha.

¿Cama matrimonial?

No puedo creer lo que veo lo que no veo en realidad mamá tenía razón se le gastó entonces le digo cochina andate y ella junta el montoncito de su ropa y sale corriendo mientras yo me visto apurado porque estoy temblando. Nunca más me toco nunca más

No estaba subiendo para ver a su analista. Está subiendo con su analista. Como si la presencia de ella supusiera la materialización de tantos pensamientos urdidos en el breve trayecto de ascensor que lo había conducido, durante días, hacia la cruzada contra su amnesia. Todo tenía su lógica. Si subiendo solo le era adjudicado un diván, el obvio resultado de la ecuación número de plazas = número de individuos era la cama matrimonial que en ese ámbito, por extranjeros, súbitamente lícitos,  habían solicitado. Francisco se apartó para contemplarla mejor. Conjunción de curvas y de rectas. La línea del cuello estallando en los pechos; la esbeltez de las piernas, en las caderas. El deseo, otra vez, al acecho. Francisco contó uuunooo, dooos, treees. Ralentar el tiempo. Limitar el espacio. Ahora, siempre, acá. Las puertas, sediciosas, se abrieron.

Entran, dejan los bolsos sobre el piso, y quedan enfrentados mirándose en la habitación de este ya no modesto hotel. Él le va quitando la ropa con forzada lentitud.  Ella lo deja hacer, colaborando solo en lo imprescindible. Él la quisiera chola boliviana, faldas y más faldas. Cuando por fin emerge de la crisálida, la perfección de su cuerpo lo enceguece. Él la contempla como a una modelo el escultor. Ella, los brazos bajos,  serena, ni siquiera sonríe. Sabe que es necesario. Quizás tiene frío porque de nuevo, y gradualmente, los pezones se le avivan. Él descubre que no le alcanza y le dice caminá y no es ni un pedido ni una orden solo la precisa manifestación de su deseo. Él está vestido y la observa. Ella, desnuda, deambula.


Cuando Francisco regresa del baño la encuentra rodeada de papeles. Sentada en la cama, solo los anteojos perturban su desnudez. Él se acerca dispuesto a recomenzar pero la piel de ella lo impugna. No es un pedido, es una orden dejáme, tengo que estudiar.  Francisco descubre que la situación es ostensiblemente grave. Ha comenzado a amarla.

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