Optaron por el auto de Claudia. Sentado a su
lado, Francisco levita. Silencio, concierto para clarinete de Mozart, perfume.
El deseo es una nube desde la cual la observa. Cabello cuello uñas rodillas
muñecas. Casi obscena contemplación. Porque
no está dormida ni mucho menos muerta. A ella no parece molestarle y, cada tanto, le dedica una
sonrisa distraída. A Francisco le escuece la piel. Todas las células nerviosas
concentradas en su contorno en descarado reclamo. Francisco se avergüenza de su
deseo, cuarenta años, y le pregunta qué pensás buscando distraer los
sentidos. Repaso contesta ella mañana
tengo que presentar un trabajo. Francisco apaga la radio practicá en voz
alta le propone y agrega,
remedando a Camilo, no me molesta. Ella luego de unos segundos
arranca la amnesia disociativa es una incapacidad para recuperar información
personal importante, la cual es demasiado generalizada para ser considerada un
olvido normal. Francisco piensa soy un depravado porque las
palabras de ella lo retrotraen al diván y tiene que reubicar el diario sobre
los muslos para ocultarse.
Rosa trajo a la Susi. Yo la invito a ver mis
autos y ella no me contesta pero me sigue y entramos y yo cierro la puerta de
mi cuarto y me tiro en el piso a jugar Susi se queda parada y me mira tiene la
cara llena de gotitas porque hace calor mucho calor entonces me siento y me saco
las boyero y ella de pie las alpargatas yo me paro enfrente y la miro es casi
tan alta como yo tiene dos trenzas negras con moños rojos y como tengo calor me
saco la remera y el pantalón con las manos sudadas y ella se saca la solera me
mira desafiante y se baja la bombacha.
¿Cama matrimonial?
No puedo creer lo que veo lo que no veo en realidad
mamá tenía razón se le gastó entonces le digo cochina andate y ella junta el
montoncito de su ropa y sale corriendo mientras yo me visto apurado porque
estoy temblando. Nunca más me toco nunca más
No estaba subiendo para ver a su analista. Está
subiendo con su analista. Como si la presencia de ella supusiera la
materialización de tantos pensamientos urdidos en el breve trayecto de ascensor
que lo había conducido, durante días, hacia la cruzada contra su amnesia. Todo
tenía su lógica. Si subiendo solo le era adjudicado un diván, el obvio
resultado de la ecuación número de plazas = número de individuos era la cama
matrimonial que en ese ámbito, por extranjeros, súbitamente lícitos, habían solicitado. Francisco se apartó para
contemplarla mejor. Conjunción de curvas y de rectas. La línea del cuello
estallando en los pechos; la esbeltez de las piernas, en las caderas. El deseo,
otra vez, al acecho. Francisco contó uuunooo, dooos, treees. Ralentar el
tiempo. Limitar el espacio. Ahora, siempre, acá. Las puertas,
sediciosas, se abrieron.
Entran, dejan los bolsos sobre el piso, y
quedan enfrentados mirándose en la habitación de este ya no modesto hotel. Él
le va quitando la ropa con forzada lentitud.
Ella lo deja hacer, colaborando solo en lo imprescindible. Él la
quisiera chola boliviana, faldas y más faldas. Cuando por fin emerge de la
crisálida, la perfección de su cuerpo lo enceguece. Él la contempla como a una
modelo el escultor. Ella, los brazos bajos,
serena, ni siquiera sonríe. Sabe que es necesario. Quizás tiene frío
porque de nuevo, y gradualmente, los pezones se le avivan. Él descubre que no
le alcanza y le dice caminá y no es ni un pedido ni una orden solo la
precisa manifestación de su deseo. Él está vestido y la observa. Ella, desnuda,
deambula.
Cuando Francisco regresa del baño la encuentra
rodeada de papeles. Sentada en la cama, solo los anteojos perturban su
desnudez. Él se acerca dispuesto a recomenzar pero la piel de ella lo impugna.
No es un pedido, es una orden dejáme, tengo que estudiar. Francisco descubre que la situación es
ostensiblemente grave. Ha comenzado a amarla.
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