Acostado en el diván Francisco llora mansamente.
Él sabe que ella no se acercará. Cuando un incalculable tiempo después las
lágrimas deciden interrumpirse él le
cuenta que está en la silla y que Alicia le pregunta y que él no le contesta y
que mientras Alicia lo sigue mirando él empieza a mermar en la silla porque
sabe que la única posibilidad de salir indemne de esa es desaparecer y cuando
él ya es un punto un granito de arena los labios de Alicia amagan con moverse y él quisiera sellarlos ahorcándola
si fuera necesario y en su feroz impotencia pide ayuda que suene el timbre que
se corte la luz que haya un incendio y entren los bomberos atronando con su
sirena así ella se asusta y se va y lo deja
pero no pasa nada y cuando los labios de Alicia ya se abren y él está
perdido porque no puede salvarlo ni superman escucha una voz que dice lo que
estás haciendo está muy mal y él cree que es santa maría madre de Dios que
lo reta porque tuvo los malos pensamientos y las ganas de ahorcarla y la voz
sigue Francisco es chiquito y no puede decidir estás equivocada porque vos
también sos demasiado chica y vos también estás sufriendo; si lo querés tanto
agarralo y llevátelo pero no le preguntés. La angustia de Francisco va
cediendo. Claudia la retó a Alicia y él ya no tiene tanta rabia. A lo mejor
hasta puede perdonarla.
Claudia se quedó en el consultorio y él tomó un
taxi hacia el estudio. En cuanto llegó miró la agenda. Tantas cosas por
resolver. Levantó el tubo y discó.
Atendió Luciana que empezó a darle la lata hasta que Carolina le sustrajo el
tubo. La experiencia aún mejor de lo calculado; el regreso, por motivos
laborales, adelantado. La noticia le generó sentimientos enfrentados. La
alegría de ver pronto a los chicos, la contrariedad ante el fin de su
independencia. La primera llamada fue a Carmen. Mañana a la tarde regresan
los chicos; por favor prepare milanesas y déjeme papas cortadas. La segunda
a su mujer. Pese a las buenas noticias, Valeria tenía mala voz y él no tuvo
fuerzas para inquirir sobre los motivos. Cortó con la culpa incrementada. La
tercera llamada fue a Claudia. Los tiempos se acortaban. Lo atendió el
contestador. Francisco miró el reloj, fastidiado. Mario.
Francisco pasá dice Alicia. Está sentada ante
su escritorio y señala la silla de enfrente. Me siento contra el respaldo, las
manos sobre el asiento, los pies no me llegan al suelo. Yo me voy a vivir con
papá a lo de los abuelos dice y vos
tenés que elegir si te quedás acá o si venís conmigo. Muevo las piernas para
adelante para atrás. Estoy esperando tu respuesta. Las muevo un poco más y
después le pregunto qué va a hacer Guillermo. No importa lo que haga él dice
tenés que tomar tu propia decisión. Pienso en qué puede haber pensado
Guillermo: papá, los abuelos, el cine, acostarse tarde, faltar al colegio
entonces entusiasmado digo yo también voy. Estás seguro me pregunta mirá que a
vos bien que te gusta hacer mimos con mamá. Yo no sabía que estaba mal hacer
mimos y me callo la boca a lo mejor es porque ya crecí. Escribe mucho en una
hoja y después la da vuelta y arriba de todo dice mamá con dos puntitos y
Alicia me indica firma aquí. Me paro y dibujo mi nombre letra a letra en cursiva
porque ya aprendí. Mamá se va a poner contenta.
Rojo,
azul, verde, amarillo, negro y marrón. Francisco sale del estudio. Por un momento fantasea pasar por el
despacho de Alicia. Con qué sentido. No está en condiciones de soportar burlas
ni rechazos. Busca un adjetivo que lo califique. Abatido es insuficiente.
Aplanado. Hundido. A lo mejor mamá
nunca se dio cuenta trata de consolarse.
Evoca episodios vividos con Valeria, con sus hijos, con amigos.
Infinidad de decepciones, de pequeñas tragedias cotidianas van cambiando de
lugar en su escala de apreciación a medida que desfilan. El jueguito de té de
porcelana de cuando ella era chica que su madre le está entregando a Luciana y
que al cambiar de manos cae al piso, estrellándose y arrancando gritos a nieta
y abuela, trepa, finalmente, al primer puesto. De los doce hasta acá. Porque
nada siquiera se arrima a la infinita compasión que le generan esos seis
lápices. Pobrecita mi mamá.
Está parado en la esquina, incapaz de decidir
el rumbo de sus pasos. Hasta que recuerda que mañana llegan los chicos. Esboza
una sonrisa. Busca una juguetería.
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