miércoles, 25 de mayo de 2016

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Acostado en el diván Francisco llora mansamente. Él sabe que ella no se acercará. Cuando un incalculable tiempo después las lágrimas deciden interrumpirse  él le cuenta que está en la silla y que Alicia le pregunta y que él no le contesta y que mientras Alicia lo sigue mirando él empieza a mermar en la silla porque sabe que la única posibilidad de salir indemne de esa es desaparecer y cuando él ya es un punto un granito de arena los labios de Alicia amagan con  moverse y él quisiera sellarlos ahorcándola si fuera necesario y en su feroz impotencia pide ayuda que suene el timbre que se corte la luz que haya un incendio y entren los bomberos atronando con su sirena así ella se asusta y se va y lo deja  pero no pasa nada y cuando los labios de Alicia ya se abren y él está perdido porque no puede salvarlo ni superman escucha una voz que dice lo que estás haciendo está muy mal y él cree que es santa maría madre de Dios que lo reta porque tuvo los malos pensamientos y las ganas de ahorcarla y la voz sigue Francisco es chiquito y no puede decidir estás equivocada porque vos también sos demasiado chica y vos también estás sufriendo; si lo querés tanto agarralo y llevátelo pero no le preguntés. La angustia de Francisco va cediendo. Claudia la retó a Alicia y él ya no tiene tanta rabia. A lo mejor hasta puede perdonarla.

Claudia se quedó en el consultorio y él tomó un taxi hacia el estudio. En cuanto llegó miró la agenda. Tantas cosas por resolver.  Levantó el tubo y discó. Atendió Luciana que empezó a darle la lata hasta que Carolina le sustrajo el tubo. La experiencia aún mejor de lo calculado; el regreso, por motivos laborales, adelantado. La noticia le generó sentimientos enfrentados. La alegría de ver pronto a los chicos, la contrariedad ante el fin de su independencia. La primera llamada fue a Carmen. Mañana a la tarde regresan los chicos; por favor prepare milanesas y déjeme papas cortadas. La segunda a su mujer. Pese a las buenas noticias, Valeria tenía mala voz y él no tuvo fuerzas para inquirir sobre los motivos. Cortó con la culpa incrementada. La tercera llamada fue a Claudia. Los tiempos se acortaban. Lo atendió el contestador. Francisco miró el reloj, fastidiado. Mario.

Francisco pasá dice Alicia. Está sentada ante su escritorio y señala la silla de enfrente. Me siento contra el respaldo, las manos sobre el asiento, los pies no me llegan al suelo. Yo me voy a vivir con papá a lo de los abuelos dice y  vos tenés que elegir si te quedás acá o si venís conmigo. Muevo las piernas para adelante para atrás. Estoy esperando tu respuesta. Las muevo un poco más y después le pregunto qué va a hacer Guillermo. No importa lo que haga él dice tenés que tomar tu propia decisión. Pienso en qué puede haber pensado Guillermo: papá, los abuelos, el cine, acostarse tarde, faltar al colegio entonces entusiasmado digo yo también voy. Estás seguro me pregunta mirá que a vos bien que te gusta hacer mimos con mamá. Yo no sabía que estaba mal hacer mimos y me callo la boca a lo mejor es porque ya crecí. Escribe mucho en una hoja y después la da vuelta y arriba de todo dice mamá con dos puntitos y Alicia me indica firma aquí. Me paro y dibujo mi nombre letra a letra en cursiva porque ya aprendí. Mamá se va a poner contenta.

Rojo, azul, verde, amarillo, negro y marrón. Francisco sale del estudio. Por un momento fantasea pasar por el despacho de Alicia. Con qué sentido. No está en condiciones de soportar burlas ni rechazos. Busca un adjetivo que lo califique. Abatido es insuficiente. Aplanado. Hundido.  A lo mejor mamá nunca se dio cuenta trata de consolarse.  Evoca episodios vividos con Valeria, con sus hijos, con amigos. Infinidad de decepciones, de pequeñas tragedias cotidianas van cambiando de lugar en su escala de apreciación a medida que desfilan. El jueguito de té de porcelana de cuando ella era chica que su madre le está entregando a Luciana y que al cambiar de manos cae al piso, estrellándose y arrancando gritos a nieta y abuela, trepa, finalmente, al primer puesto. De los doce hasta acá. Porque nada siquiera se arrima a la infinita compasión que le generan esos seis lápices. Pobrecita mi mamá.


Está parado en la esquina, incapaz de decidir el rumbo de sus pasos. Hasta que recuerda que mañana llegan los chicos. Esboza una sonrisa. Busca una juguetería.

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