¿Querés que maneje yo? ofreció Francisco rozándole la mejilla. Ella
negó con la cabeza, tensa. Él supo que no debía hablar. Ya era noche cerrada y
la ruta 2 estaba vacía. Francisco miró hacia atrás. Por un instante la imagen
de Luciana se superpuso a la de Rocío. Imaginó a su hija rodeada por tíos,
primos, hermanos. La vida era caprichosa en la repartición de los dones. Pobres
y ricos, sanos y enfermos, felices y desgraciados, sin ninguna relación con los
méritos ni con pecados. Cuál sería la lógica de Dios cuya existencia media
humanidad sostenía. Francisco evaluó tal
vez estoy sobrestimando la potencia
del destino, Rocío lloraba en el asiento trasero porque sus padres
habían privilegiado sus necesidades
sobre las de ella. La indignación de Claudia había sido tan intensa que no
había podido evitar los gritos y las amenazas frente a esa criatura que solo
atinaba a decir basta, mamá, vamos. Francisco volvió a mirar hacia
atrás. La nena, ahora, dormía. Francisco se sacó el abrigo, se inclinó y, como
pudo, la tapó con su campera.
Estoy tapado con el saco de papá y pusieron la
radio suave y ya se me fueron las náuseas y estoy muy bien como si flotara
porque esa maneja parejito cuando de pronto pregunta Francisco siempre es tan
introvertido y papá contesta sí es bastante callado parece un gatito dice Laura
dan ganas de abrazarlo.
Mientras abría la puerta Francisco sintió frío
y recién entonces se percató de que no
tenía la campera. El auto se alejaba. Iba a llamarla cuando descubrió que no le convenía. La excusa
era perfecta: imprescindible volver pronto a verla. Cuando entró a su casa lo
golpeó el olor a nadie. Ni el olor del limpiamuebles, ni el de los chicos
recién bañados, ni el de la salsa, ni siquiera el de su loción para después de
afeitar. Las persianas cerradas, varios diarios bajo la puerta, la nota del
sifonero, las plantas secas. ¿Cuántos días había estado afuera?, ¿tantos como
para justificar tal retiro de la vida? Quizás
la felicidad es un globo que solo se mantiene inflado a fuerza de aliento.
Así lucía su casa: como un globo días después de un cumpleaños. A pesar del frío, abrió las ventanas, levantó
las cortinas, encendió todas las luces, regó las plantas, puso la radio,
correteó con Pepe. Recién entonces se sintió mejor. Como si la sobrevida de los
cinco dependiera del salvataje de la infraestructura que, por su descuido,
había estado en riesgo de desmoronarse. Fue a la cocina. Ni una cucharita fuera
de lugar. Sobre la mesada una nota señor le deje varias comidas preparadas. Abrió
el freezer. Las bandejas prolijamente rotuladas como exigía Valeria.
Eligió zapallitos rellenos, necesitaba
comida casera. Los calentó en el microondas y, como si Valeria lo estuviera
mirando, busco un individual y se puso la mesa. Reconfortado, cenó. Todavía
estaba a tiempo de salvar a sus hijos. Rocío en el asiento trasero era el
símbolo de su propia niñez. Su relación
con Claudia terminaría. Era un compromiso. Lavó los platos y se acostó.
Sí dice papá es el único de los tres que nunca
me dio un problema tiene un carácter
envidiable te miento si le recuerdo algún berrinche y a vos eso te parece
normal pregunta Laura este chico está sobreadaptado es imposible que con todo
lo que le tocó vivir no presente síntomas por suerte papá me defiende si hay
alguien que está bien en esta familia ese es Francisco te lo aseguro no le
busques la quinta pata al gato pero ella insiste te equivocás Augusto este
chico es humano y padece como cualquiera si fuera mi hijo lo haría tratar
conozco un especialista en niños excelente entonces papá le explica mirá Laura
yo respeto tu profesión pero te pido que la dejes dentro del consultorio sorteé
las dificultades que se me han ido presentando sin necesidad de adjudicarle a
alguien de afuera el derecho a juzgar mi transcurrir la vida hay que abarajarla
como viene y tratar de amigarse con lo que a uno le toca es lo que siempre he
hecho yo y lo que pretendo que aprendan a hacer mis hijos pero Laura lo
interrumpe y a vos no te importa que mientras tanto el chico sufra papá levanta
la voz mejor dejemos aquí esta conversación tanto que ya no se escucha la
radio. Laura me cae bien pero se
equivocó. Yo no sufro.
Lo despertó el teléfono. Soy yo, quería
avisarte que tu campera está a salvo. Él advirtió que ella había dicho soy
yo con naturalidad plena y tratando de reponerse le preguntó por la nena. En
cuanto llegamos revivió, acabo de
dejarla en el colegio; quiero agradecerte la compañía, me ayudó más de lo que
puedas suponer: le conté a Rocío que eras un amigo de hace muchísimos años; me
di cuenta de que le caíste bien y tratándose de ella no es poca cosa.
Francisco permaneció en silencio, una revolución por dentro. ¿Ya
desayunaste? preguntó ella.
Me bajo
del auto y papá me dice portáte mal que portarse bien es muy aburrido y tengo
miedo de tocar el timbre y que mamá aparezca antes de que el auto se vaya pero
por suerte Laura arranca rápido y mamá no la ve y después me pregunta por qué
llegaste tan tarde y yo le contesto porque fuimos a comer quiénes fueron quiere
saber papá Guillermo y digo yo al final
para que no me diga lo del burro entonces mamá pregunta y Alicia y yo le digo
se quedó en lo de los abuelos y me voy rápido para mi cuarto pero mamá me sigue
por qué no fue insiste y yo le digo porque no le gustaba adónde íbamos qué raro
comenta ella y entonces me pregunta a qué restaurante fueron y yo le contesto
no sé cómo se llama y mamá me pregunta qué comiste canelones le respondo pero
no eran tan ricos como los tuyos como los tuyos no hay ninguno y mamá dice este
Francisco y me da un beso.
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