viernes, 20 de mayo de 2016

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¿Querés que maneje yo? ofreció Francisco rozándole la mejilla. Ella negó con la cabeza, tensa. Él supo que no debía hablar. Ya era noche cerrada y la ruta 2 estaba vacía. Francisco miró hacia atrás. Por un instante la imagen de Luciana se superpuso a la de Rocío. Imaginó a su hija rodeada por tíos, primos, hermanos. La vida era caprichosa en la repartición de los dones. Pobres y ricos, sanos y enfermos, felices y desgraciados, sin ninguna relación con los méritos ni con pecados. Cuál sería la lógica de Dios cuya existencia media humanidad sostenía. Francisco evaluó tal vez estoy sobrestimando la potencia del destino, Rocío lloraba en el asiento trasero porque sus padres habían  privilegiado sus necesidades sobre las de ella. La indignación de Claudia había sido tan intensa que no había podido evitar los gritos y las amenazas frente a esa criatura que solo atinaba a decir basta, mamá, vamos. Francisco volvió a mirar hacia atrás. La nena, ahora, dormía. Francisco se sacó el abrigo, se inclinó y, como pudo, la tapó con su campera.

Estoy tapado con el saco de papá y pusieron la radio suave y ya se me fueron las náuseas y estoy muy bien como si flotara porque esa maneja parejito cuando de pronto pregunta Francisco siempre es tan introvertido y papá contesta sí es bastante callado parece un gatito dice Laura dan ganas de abrazarlo.

Mientras abría la puerta Francisco sintió frío y recién  entonces se percató de que no tenía la campera. El auto se alejaba. Iba a llamarla  cuando descubrió que no le convenía. La excusa era perfecta: imprescindible volver pronto a verla. Cuando entró a su casa lo golpeó el olor a nadie. Ni el olor del limpiamuebles, ni el de los chicos recién bañados, ni el de la salsa, ni siquiera el de su loción para después de afeitar. Las persianas cerradas, varios diarios bajo la puerta, la nota del sifonero, las plantas secas. ¿Cuántos días había estado afuera?, ¿tantos como para justificar tal retiro de la vida? Quizás la felicidad es un globo que solo se mantiene inflado a fuerza de aliento. Así lucía su casa: como un globo días después de un cumpleaños.  A pesar del frío, abrió las ventanas, levantó las cortinas, encendió todas las luces, regó las plantas, puso la radio, correteó con Pepe. Recién entonces se sintió mejor. Como si la sobrevida de los cinco dependiera del salvataje de la infraestructura que, por su descuido, había estado en riesgo de desmoronarse. Fue a la cocina. Ni una cucharita fuera de lugar. Sobre la mesada una nota señor le deje varias comidas preparadas. Abrió el freezer. Las bandejas prolijamente rotuladas como exigía Valeria. Eligió  zapallitos rellenos, necesitaba comida casera. Los calentó en el microondas y, como si Valeria lo estuviera mirando, busco un individual y se puso la mesa. Reconfortado, cenó. Todavía estaba a tiempo de salvar a sus hijos. Rocío en el asiento trasero era el símbolo de su propia niñez.  Su relación con Claudia terminaría. Era un compromiso. Lavó los platos y se acostó.

Sí dice papá es el único de los tres que nunca me dio un problema  tiene un carácter envidiable te miento si le recuerdo algún berrinche y a vos eso te parece normal pregunta Laura este chico está sobreadaptado es imposible que con todo lo que le tocó vivir no presente síntomas por suerte papá me defiende si hay alguien que está bien en esta familia ese es Francisco te lo aseguro no le busques la quinta pata al gato pero ella insiste te equivocás Augusto este chico es humano y padece como cualquiera si fuera mi hijo lo haría tratar conozco un especialista en niños excelente entonces papá le explica mirá Laura yo respeto tu profesión pero te pido que la dejes dentro del consultorio sorteé las dificultades que se me han ido presentando sin necesidad de adjudicarle a alguien de afuera el derecho a juzgar mi transcurrir la vida hay que abarajarla como viene y tratar de amigarse con lo que a uno le toca es lo que siempre he hecho yo y lo que pretendo que aprendan a hacer mis hijos pero Laura lo interrumpe y a vos no te importa que mientras tanto el chico sufra papá levanta la voz mejor dejemos aquí esta conversación tanto que ya no se escucha la radio.  Laura me cae bien pero se equivocó. Yo no sufro.

Lo despertó el teléfono. Soy yo, quería avisarte que tu campera está a salvo. Él advirtió que ella había dicho soy yo con naturalidad plena y tratando de reponerse le preguntó por la nena. En cuanto llegamos revivió,  acabo de dejarla en el colegio; quiero agradecerte la compañía, me ayudó más de lo que puedas suponer: le conté a Rocío que eras un amigo de hace muchísimos años; me di cuenta de que le caíste bien y tratándose de ella no es poca cosa. Francisco permaneció en silencio, una revolución por dentro. ¿Ya desayunaste? preguntó ella.


 Me bajo del auto y papá me dice portáte mal que portarse bien es muy aburrido y tengo miedo de tocar el timbre y que mamá aparezca antes de que el auto se vaya pero por suerte Laura arranca rápido y mamá no la ve y después me pregunta por qué llegaste tan tarde y yo le contesto porque fuimos a comer quiénes fueron quiere saber  papá Guillermo y digo yo al final para que no me diga lo del burro entonces mamá pregunta y Alicia y yo le digo se quedó en lo de los abuelos y me voy rápido para mi cuarto pero mamá me sigue por qué no fue insiste y yo le digo porque no le gustaba adónde íbamos qué raro comenta ella y entonces me pregunta a qué restaurante fueron y yo le contesto no sé cómo se llama y mamá me pregunta qué comiste canelones le respondo pero no eran tan ricos como los tuyos como los tuyos no hay ninguno y mamá dice este Francisco y me da un beso.

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