Se despiertan temprano. Francisco propone
desayunar en la Boston
pero Claudia solo tiene un propósito: leer, estudiar, repasar. Piden un
desayuno en la habitación que Claudia, condensada en apuntes, a medias consume.
Francisco, sabiéndose de más, guarda silencio Minutos después presencia la
ceremonia de su puesta a punto. Cremas,
maquillaje, medias de seda subiendo por las piernas, tacos tomando posesión de
los pies, el cierre de la falda surcando las caderas. Peine, cepillo, spray,
secador. Él, que hasta ese momento solo había disfrutado del resultado,
comprueba ahora el esfuerzo invertido en agradar. Recuerda a Valeria calzándose
distraída un jean, la cara lavada, el pelo llovido. En la puerta del hotel
pregunta a qué hora te desocupás y ella, categórica, responde hasta
la noche no existo y a continuación anuncia te dejo el auto. Él
entonces dispone te alcanzo. Prefiero tomarme un taxi. Él insiste. Ella
es tajante dije que no.
Espléndida mañana. Ni Madrid ni Buenos Aires,
igualmente anónimo. Mar del Plata, fría
y radiante, es un ofrecimiento. Aún no son las nueve, y tiene que levantarse el
cuello de la campera a pesar del sol. Sus pasos sin consultarlo lo llevan a la
rambla. Mira con ternura las cajas con caracoles, las mesitas que compiten
exponiendo los minúsculos platos del copetín. Avanza por el Boulevard Marítimo,
extasiado. Tantas veces se dijo podría vivir aquí. Está seguro de que si
hubiera pertenecido a generaciones precedentes habría construido esas casas.
Espléndidas sin ser ostentosas. Resistiendo, sólidas, el embate de viento, años
y sal. Camina y, cada tanto, controla la
numeración. Llega a una esquina. Seguramente se equivocó. Coteja la dirección
transcripta a su agenda. Desolado comprueba la inexistencia del error. La inexistencia. Un edificio de varios
pisos. Ni siquiera demasiado nuevo, irrefutable prueba de que ya hace muchos
años que borraron las huellas. Empero, el vacío genera plenitudes. Con los ladrillos
provenientes de la demolición de los sucesivos y horizontales balcones va
construyendo un chalet precedido por una hornacina para cobijar a Stella Maris,
la virgen de los pescadores, al fin de una escarpada escalera surcando la loma.
Paredes de piedra, techos de pizarra. Satisfecho, corona su obra con un pequeño
salón vidriado donde retumba el rumor del mar y, agotado, como Dios el séptimo
día, se sienta en un pequeño muro a contemplar su obra.
Estoy en el jardín de invierno que no sé por
qué se llama así si a esta casa solo venimos en verano jugando con el pequeño
constructor que me regaló papá y como
ayer terminé el último modelo que es el treinta y cinco ahora me toca empezar
de nuevo pongo las cuatro columnas número uno en cuatro agujeros de la base
A deslizo por las ranuras una puerta y
tres paños ciegos rojos y encima tres ventanas y fijo todo con una plantilla
con cuatro agujeros y arriba pongo el techo y por el hueco de la puerta meto la
cama grande y una chica porque más no entra y después la mamá y el papá y un
nene en la cama grande y los otros dos amontonados en la chica Guillermo dice
que soy un marica pero él no entiende mamá sí por eso me compró los muebles y
los muñecos no entiende que yo no juego con los muñecos yo les hago casas y
como ya terminé el modelo uno ahora me toca el dos que también tiene un solo
cuarto pero más grande por eso entran tres camas y Alicia duerme sola y cuando papá
me compre el otro pequeño constructor que me prometió voy a juntar las dos bases para construir un
modelo gigante que de un lado va a tener dos pisos y del otro tres así le pongo
distintos techos y además le voy a hacer un jardín de invierno con los paños
transparentes que el abuelo me fabricó con el celuloide de los cuellos de las
camisas y le voy a hacer una torre como la de la quinta y un balcón con
balaustrada como el de amenábar y un garaje como el de los abuelos porque si hay algo en la vida que
me encanta son las casas.
Estoy por el modelo tres cuando viene papá y me ofrece querés acompañarme
a la rotisería y yo le digo que sí y dejo el techo sin poner porque vamos para
que la abuela no cocine que el mar nos da mucha hambre y a mí me gusta caminar
por la calle con él que me lleva del hombro y me gusta la rotisería con tantos
olores qué querés me pregunta papá y yo le contesto ensalada rusa y él me dice
siempre pedís y después sobra y me lo dice serio y me arrepiento mejor no
compres pero la señora ya llenó el pote para colmo el más grande y yo le digo te
prometo papá hoy me la como toda.
La abuela me sirvió también matambre que ya me
lo comí y me falta un poco de ensalada y cargo dos cucharas y la termino quién
quiere más pregunta la abuela y como
nadie contesta y queda más de la mitad
digo yo y me sirve un poco y la trago como puedo pero sigue quedando y
vuelve a ofrecer y papá me mira y yo digo servíme y me la sirve toda y me duele
la panza y papá dice al fin una vez que la ensalada se termina y sigue
charlando con Alicia y me dan arcadas por
eso pido permiso y me levanto de la mesa y voy al baño corriendo y cuento
unodostres y abro la puerta y la cierro y me arrodillo y levanto la tapa y
vomito qué suerte que llegué.
Los pescadores aficionados lo observan con más
inquietud que sorpresa. Francisco se sabe de más pero persiste y deambula entre
líneas y cajas con anzuelos. Hasta que el rencor contenido en las miradas lo
arroja de nuevo a la arena. Francisco camina, reflexiona y camina. Sus
recuerdos son dinámicos, como escenas de cine. Acuden y escapan, ingobernables,
inasibles en su fluidez. Él necesitaría perpetuarlos, convertirlos en fotos
capaces de retener olores, temperaturas, sonidos. La red se va cerrando, al
menos ya conoce a los protagonistas. Germán y ahora Laura. Claudia se va a sorprender pero después piensa que quizás a ella ya
no le interese escucharlo. Más aún, descubre que el tiempo que les está siendo
concedido es demasiado escaso para contaminarlo con algo distinto del urgente
presente. De pronto apenado, desiste de la playa y busca una confitería.
Estoy en el jardín de invierno tirado en el
piso escribiendo querida mamá hoy fuimos a la playa y de repente me llega la
voz de papá que está hablando fuerte por teléfono no Laura no vengas ya te lo
he dicho mil veces cuando veraneo con mis hijos quiero estar solo con ellos no
te aflijas te quiero tanto como siempre pero en esto soy inflexible nos veremos
pronto un beso sí yo también te extraño y se ve que corta porque no lo escucho
más y sigo escribiendo me metí en el mar y de pronto papá entra y me pregunta
qué estás haciendo y yo le digo estoy pensando que esta casa es muy grande y
sobra mucho espacio y que a mí no me molesta que nos vengan a visitar.
Francisco miró el ticket, dejó el dinero sobre
la mesa y salió. Subió al auto y creyendo que no sabía adónde se dirigía,
arrancó. Minutos después estacionaba frente al hotel del congreso. Entraban y
salían hombres de traje, mujeres
acicaladas. Luego de media hora la vio descender la escalinata, charlando
animadamente con un señor muy elegante. Francisco entró en pánico. Un desastre
que ella lo descubriera. Un bochorno un
quemo un papelón. Puso primera y
apretó a fondo el acelerador.
No hay comentarios:
Publicar un comentario