viernes, 13 de mayo de 2016

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Se despiertan temprano. Francisco propone desayunar en la Boston pero Claudia solo tiene un propósito: leer, estudiar, repasar. Piden un desayuno en la habitación que Claudia, condensada en apuntes, a medias consume. Francisco, sabiéndose de más, guarda silencio Minutos después presencia la ceremonia de su  puesta a punto. Cremas, maquillaje, medias de seda subiendo por las piernas, tacos tomando posesión de los pies, el cierre de la falda surcando las caderas. Peine, cepillo, spray, secador. Él, que hasta ese momento solo había disfrutado del resultado, comprueba ahora el esfuerzo invertido en agradar. Recuerda a Valeria calzándose distraída un jean, la cara lavada, el pelo llovido. En la puerta del hotel pregunta a qué hora te desocupás y ella, categórica, responde hasta la noche no existo y a continuación anuncia te dejo el auto. Él entonces dispone te alcanzo. Prefiero tomarme un taxi. Él insiste. Ella es tajante dije que no.

Espléndida mañana. Ni Madrid ni Buenos Aires, igualmente anónimo.  Mar del Plata, fría y radiante, es un ofrecimiento. Aún no son las nueve, y tiene que levantarse el cuello de la campera a pesar del sol. Sus pasos sin consultarlo lo llevan a la rambla. Mira con ternura las cajas con caracoles, las mesitas que compiten exponiendo los minúsculos platos del copetín. Avanza por el Boulevard Marítimo, extasiado. Tantas veces se dijo podría vivir aquí. Está seguro de que si hubiera pertenecido a generaciones precedentes habría construido esas casas. Espléndidas sin ser ostentosas. Resistiendo, sólidas, el embate de viento, años y sal.  Camina y, cada tanto, controla la numeración. Llega a una esquina. Seguramente se equivocó. Coteja la dirección transcripta a su agenda. Desolado comprueba la inexistencia del error. La inexistencia. Un edificio de varios pisos. Ni siquiera demasiado nuevo, irrefutable prueba de que ya hace muchos años que borraron las huellas. Empero, el vacío genera plenitudes. Con los ladrillos provenientes de la demolición de los sucesivos y horizontales balcones va construyendo un chalet precedido por una hornacina para cobijar a Stella Maris, la virgen de los pescadores, al fin de una escarpada escalera surcando la loma. Paredes de piedra, techos de pizarra. Satisfecho, corona su obra con un pequeño salón vidriado donde retumba el rumor del mar y, agotado, como Dios el séptimo día, se sienta en un pequeño muro a contemplar su obra.

Estoy en el jardín de invierno que no sé por qué se llama así si a esta casa solo venimos en verano jugando con el pequeño constructor que me regaló papá y  como ayer terminé el último modelo que es el treinta y cinco ahora me toca empezar de nuevo pongo las cuatro columnas número uno en cuatro agujeros de la base A  deslizo por las ranuras una puerta y tres paños ciegos rojos y encima tres ventanas y fijo todo con una plantilla con cuatro agujeros y arriba pongo el techo y por el hueco de la puerta meto la cama grande y una chica porque más no entra y después la mamá y el papá y un nene en la cama grande y los otros dos amontonados en la chica Guillermo dice que soy un marica pero él no entiende mamá sí por eso me compró los muebles y los muñecos no entiende que yo no juego con los muñecos yo les hago casas y como ya terminé el modelo uno ahora me toca el dos que también tiene un solo cuarto pero más grande por eso entran tres camas y Alicia duerme sola y cuando papá me compre el otro pequeño constructor que me prometió  voy a juntar las dos bases para construir un modelo gigante que de un lado va a tener dos pisos y del otro tres así le pongo distintos techos y además le voy a hacer un jardín de invierno con los paños transparentes que el abuelo me fabricó con el celuloide de los cuellos de las camisas y le voy a hacer una torre como la de la quinta y un balcón con balaustrada como el de amenábar y un garaje como el  de los abuelos porque si hay algo en la vida que me encanta  son las casas.

Estoy por el modelo tres  cuando viene papá y me ofrece querés acompañarme a la rotisería y yo le digo que sí y dejo el techo sin poner porque vamos para que la abuela no cocine que el mar nos da mucha hambre y a mí me gusta caminar por la calle con él que me lleva del hombro y me gusta la rotisería con tantos olores qué querés me pregunta papá y yo le contesto ensalada rusa y él me dice siempre pedís y después sobra y me lo dice serio y me arrepiento mejor no compres pero la señora ya llenó el pote para colmo el más grande y yo le digo te prometo papá hoy me la como toda.

La abuela me sirvió también matambre que ya me lo comí y me falta un poco de ensalada y cargo dos cucharas y la termino quién quiere más  pregunta la abuela y como nadie contesta y queda más de la mitad  digo yo y me sirve un poco y la trago como puedo pero sigue quedando y vuelve a ofrecer y papá me mira y yo digo servíme y me la sirve toda y me duele la panza y papá dice al fin una vez que la ensalada se termina y sigue charlando con Alicia  y me dan arcadas por eso pido permiso y me levanto de la mesa y voy al baño corriendo y cuento unodostres y abro la puerta y la cierro y me arrodillo y levanto la tapa y vomito qué suerte que llegué.

Los pescadores aficionados lo observan con más inquietud que sorpresa. Francisco se sabe de más pero persiste y deambula entre líneas y cajas con anzuelos. Hasta que el rencor contenido en las miradas lo arroja de nuevo a la arena. Francisco camina, reflexiona y camina. Sus recuerdos son dinámicos, como escenas de cine. Acuden y escapan, ingobernables, inasibles en su fluidez. Él necesitaría perpetuarlos, convertirlos en fotos capaces de retener olores, temperaturas, sonidos. La red se va cerrando, al menos ya conoce a los protagonistas. Germán y ahora Laura. Claudia se va a sorprender pero después piensa que quizás a ella ya no le interese escucharlo. Más aún, descubre que el tiempo que les está siendo concedido es demasiado escaso para contaminarlo con algo distinto del urgente presente. De pronto apenado, desiste de la playa y busca una confitería.

Estoy en el jardín de invierno tirado en el piso escribiendo querida mamá hoy fuimos a la playa y de repente me llega la voz de papá que está hablando fuerte por teléfono no Laura no vengas ya te lo he dicho mil veces cuando veraneo con mis hijos quiero estar solo con ellos no te aflijas te quiero tanto como siempre pero en esto soy inflexible nos veremos pronto un beso sí yo también te extraño y se ve que corta porque no lo escucho más y sigo escribiendo me metí en el mar y de pronto papá entra y me pregunta qué estás haciendo y yo le digo estoy pensando que esta casa es muy grande y sobra mucho espacio y que a mí no me molesta que nos vengan a visitar.


Francisco miró el ticket, dejó el dinero sobre la mesa y salió. Subió al auto y creyendo que no sabía adónde se dirigía, arrancó. Minutos después estacionaba frente al hotel del congreso. Entraban y salían  hombres de traje, mujeres acicaladas. Luego de media hora la vio descender la escalinata, charlando animadamente con un señor muy elegante. Francisco entró en pánico. Un desastre que ella lo descubriera. Un bochorno un quemo un papelón. Puso primera y apretó a fondo el acelerador.

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