Francisco, caminando tras ella observa las
paredes buscando indicios. El consultorio es tan endiabladamente distinguido, como
ella piensa, que no deja espacio para ninguna marca personal, ni siquiera
una foto. La seguimos mañana dice Claudia y él sale. El ruido
de la puerta cerrándose lo deja inerme.
Ya no había quien le
marcara líneas de conducta, quien decretara, con certeza que de tan absoluta se
hacía sospechable, qué prohibir, qué prodigar, cuánto, cómo y hasta dónde.
Valeria nunca había dejaba resquicio para improvisaciones. La solución precedía
al problema. Alzalo, dejala, bañalo, leele, retala, preguntale. La lista
de indicaciones con que había tratado de cubrir cualquier tipo de contingencia
que pudiera producirse durante su ausencia era casi pueril. Los primeros días
Francisco la consultaba con frecuencia, acercándose a ella con tanto respeto
cual si fuera la Biblia. Sin embargo, a medida que entraba en contacto real con
sus hijos Francisco descubría que eran mucho más complejos de lo que Valeria
consideraba. Y, en tanto les daba aire, manifestaban su espíritu crítico, la
agudeza de su sensibilidad. Durante esos diez días había charlado con ellos más
que en los diez años anteriores. Los había apretujado, los había consentido, se habían divertido juntos. También por
primera vez habían conseguido descontrolarlo. Y
les había gritado y se había arrepentido y les había pedido perdón.
Francisco se preguntó ¿alguna vez me habrá gritado mi papá? Volvió a
verse frente al kiosco con Guillermo. A lo mejor esas cuarenta y tres revistas
habían sido las responsables de que jamás hubieran podido cumplir con las
expectativas de su padre. Dios te salve Alicia, llena eres de gracia.
Ayer, cuando salí de aquí, me sentí
repentinamente en paz, dormí como hacía días que no lograba hacerlo comenta él entusiasmado. Señal de que hay
que recomenzar dice ella y Francisco la mira sorprendido ¿por qué otros
lugares ha transcurrido tu infancia? Él siente que el pecho se le junta con
la espalda y se avergüenza de haber sido tan ingenuo, lo único que le importa a
ella es que sus recuerdos broten del elemento topográfico. Francisco se
quiere ir, por primera vez quiere irse. Para Elisa. Él atiende. ¿A
qué hora vas a venir?, necesito
que me ayudes con la tarea. Él aprovecha y le informa mi hija me
reclama. Ella también se para y junto a la puerta le indica pensá en lo
que te pregunté. Él dice no te preocupes, ya sé que tu tesis urge y
no la besa. La puerta se cierra tras él. De ella solo queda el perfume.
En cuanto lo escucha, la chiquilina aparece en el living y se le
para delante, los brazos en jarra ¿será posible?, hace como dos horas que te
espero. La réplica de Valeria en miniatura le causa tanta gracia que la
agarra por la cintura y la hace girar. El revuelo atrae a Tobi. Desde los
dormitorios llega la voz de Camilo papá, ¿me trajiste la revista? Esto
es lo que justifica su existencia. Más
allá de Valeria pero gracias a ella. Mientras sigue revoleando a Luciana con
Tobi colgado de los pantalones recuerda un incidente. Se habían mudado hacía un
par de días. Estaba solo con Luciana, dándole la papilla, cuando la beba
manoteó y el plato se estrelló contra el piso. Ni una fruta en la heladera.
Luciana empezó a llorar. Francisco, a través de la ventana, vio el bananero.
Alzó a la nena, salió al jardín y arrancó una banana del árbol. Entraron. Dejó
a la nena en la sillita alta y peló y pisó la banana. Le agregó azúcar. Cuando
estaba cargando la primera cucharada, dudó. Era una banana rara, más chica,
moteada. Luciana retomó el llanto con tanta intensidad que él olvidó sus
escrúpulos. El plato quedó vacío y la nena contenta. Media hora después Luciana
vomitaba. Francisco, alarmado, la estaba limpiando cuando sonó el teléfono. Teníamos
unas iguales en el jardín pero mamá nos decía que eran venenosas fue
el feliz comentario de Horacio. Francisco cortó y con la nena en brazos
salió al jardín. Allí mismo, junto al árbol, comió dos bananas. Minutos después recuperó la lucidez y llamó al pediatra. He comido bananas de esas
a reventar y todavía duro informó
Grieco. Cortó y se abrazó a Luciana. Dos sobrevivientes. La voz
de la nena lo sobresalta ¡basta, papá, estoy mareada! Mientras la está
bajando Luciana reclama no me salen los problemas con fracciones, ¿vos te
los sabés? Francisco piensa que él jamás ha sido imprescindible para su
padre.
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