lunes, 22 de febrero de 2016

21

A las nueve y media se encontró tocando el timbre. Una mujer de su edad entreabrió la ventana. Perdóneme, ayer estuve aquí, una señora mayor me dijo que volviera en este horario; mi pedido podrá parecerle insólito pero necesito ver esta casa. Ante el interrogatorio de Francisco la mujer le contó que vivía allí desde que era niña y que solo habían hecho las reformas imprescindibles a las casas, como a las personas, hay que aceptarlas tal cual son; cambiar una ventana  provoca lo mismo que una cirugía estética, la nueva nariz no armoniza con el tamaño de la boca. Francisco se sorprendió, era como escucharse a sí mismo. Se lo pido por favor, preciso entrar; dígame cuáles son sus condiciones, estoy dispuesto a pagar. La mujer rió francamente hombre, qué desesperado está. Francisco insistió quisiera poder explicarme, yo no recuerdo mi infancia y pienso que volver a ver esta casa me ayudaría, qué puedo hacer para que me crea tanteó en los bolsillos mire, este es mi documento. La mujer cerró el postigo, abrió la puerta ha dado con la persona indicada, todos dicen que soy una inconsciente pero yo confío en mi intuición e hizo un gesto invitándolo adelante. Los zapatos de Francisco reconociendo el piso. Un pie en las blancas, un pie en las negras. Al fondo una puerta vidriada a través de la cual se adivinaba un patio interior; a la derecha tres escalones, una puerta tallada y dos pequeñas ventanas con vitraux. ¿Puedo? preguntó Francisco, la mano en el picaporte. Recórrala como quiera, tómese su tiempo. La puerta rechinó. Ante sí el enorme hall con piso de roble de Eslavonia; al frente una soberbia escalera de madera; a la derecha una puerta y una arcada que comunicaba con la sala. Allí más vitraux, molduras en las paredes, lámparas y adornos en profusión. Acostumbrado por su profesión, Francisco trató de prescindir de los objetos: necesitaba recuperar la cáscara. Caminó en círculo y salió buscando la otra puerta.  Un escritorio. Se acercó a la biblioteca empotrada con puertas de vidrio y la palpo. Salió.  A la izquierda del hall otra arcada comunicaba con el comedor. Lo atravesó y llegó a un pequeño hall al que volcaban un baño de visitas y otra escalera, metálica y angosta esta. En la pared, un armario que le llamó la atención. Siguió avanzando hasta alcanzar un pasillo distribuidor. A la izquierda un dormitorio y a la derecha, con salida hacia el jardín, la cocina, con piso de granito original, mesadas de mármol, muebles de madera. Volvió al pasillo. Avanzando y de nuevo a la derecha, el enorme comedor diario  y conectada, perpendicularmente, la sala de estar, abierta al frente al patio, al fondo al jardín. Salió. Entre una araucaria y una higuera, un rectángulo de lajas rodeado de bancos.  Al fondo dos habitaciones; al frente, el baño de servicio calzado en la cocina. Volvió a entrar. Atravesó la sala de estar, el patio, el piso en damero y llegó al hall. Frente a él la escalera con camino de terciopelo rojo, sujeto con varillas de bronce. Subió agarrándose del pasamanos tallado. Su anfitriona detrás. Arriba un espacioso hall distribuidor. A la izquierda, dos dormitorios que daban a la calle, separados por un baño majestuoso: bañera con patas, inconmensurable lavatorio, balanza de pesas amurada a la pared. Enfrente una habitación cubierta de placares y a la izquierda otra, enorme, que daba a la terraza.   Unos escalones y otra terracita con una pérgola. Desde la terraza salió por otra puerta hacia una minúscula cocina adonde desembocaba la escalera interna. En ese distribuidor tres puertas. Un baño, una habitación absurdamente pequeña y otra más grande ventaneando sobre el jardín. Se sintió mareado, le faltaba el aliento. Aunque no hubiese sido su casa lo habría deslumbrado, un vértigo saber que había comenzado a vivir deambulando por allí. Se despidió tan aturdido que ni dio las gracias. Subió al auto. Un semáforo lo detuvo frente a una florería. Estacionó, bajó y encargó dos docenas de rosas. ¿A nombre de quién? Reparó en que no lo sabía. Escribió sobre la tarjeta que le ofrecían: Señora del 515, en deuda eterna, el niño que fui. 

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