A las nueve y media se encontró tocando el
timbre. Una mujer de su edad entreabrió la ventana. Perdóneme, ayer estuve
aquí, una señora mayor me dijo que volviera en este horario; mi pedido podrá
parecerle insólito pero necesito ver esta casa. Ante el interrogatorio de
Francisco la mujer le contó que vivía allí desde que era niña y que solo habían
hecho las reformas imprescindibles a las casas, como a las personas, hay que
aceptarlas tal cual son; cambiar una ventana
provoca lo mismo que una cirugía estética, la nueva nariz no armoniza
con el tamaño de la boca. Francisco se sorprendió, era como escucharse a sí
mismo. Se lo pido por favor, preciso entrar; dígame cuáles son sus
condiciones, estoy dispuesto a pagar. La mujer rió francamente hombre,
qué desesperado está. Francisco insistió quisiera poder explicarme, yo
no recuerdo mi infancia y pienso que volver a ver esta casa me ayudaría, qué
puedo hacer para que me crea tanteó en los bolsillos mire, este es mi
documento. La mujer cerró el postigo, abrió la puerta ha dado con la
persona indicada, todos dicen que soy una inconsciente pero yo confío en mi
intuición e hizo un gesto invitándolo adelante. Los zapatos de
Francisco reconociendo el piso. Un pie en las blancas, un pie en las negras.
Al fondo una puerta vidriada a través de la cual se adivinaba un patio
interior; a la derecha tres escalones, una puerta tallada y dos pequeñas
ventanas con vitraux. ¿Puedo? preguntó Francisco, la mano en el
picaporte. Recórrala como quiera, tómese su tiempo. La puerta rechinó.
Ante sí el enorme hall con piso de roble de Eslavonia; al frente una soberbia
escalera de madera; a la derecha una puerta y una arcada que comunicaba con la
sala. Allí más vitraux, molduras en las paredes, lámparas y adornos en
profusión. Acostumbrado por su profesión, Francisco trató de prescindir de los
objetos: necesitaba recuperar la cáscara. Caminó en círculo y salió buscando la
otra puerta. Un escritorio. Se acercó a
la biblioteca empotrada con puertas de vidrio y la palpo. Salió. A la izquierda del hall otra arcada
comunicaba con el comedor. Lo atravesó y llegó a un pequeño hall al que
volcaban un baño de visitas y otra escalera, metálica y angosta esta. En la
pared, un armario que le llamó la atención. Siguió avanzando hasta
alcanzar un pasillo distribuidor. A la izquierda un dormitorio y a la derecha,
con salida hacia el jardín, la cocina, con piso de granito original, mesadas de
mármol, muebles de madera. Volvió al pasillo. Avanzando y de nuevo a la
derecha, el enorme comedor diario y
conectada, perpendicularmente, la sala de estar, abierta al frente al patio, al
fondo al jardín. Salió. Entre una araucaria y una higuera, un rectángulo de
lajas rodeado de bancos. Al fondo dos
habitaciones; al frente, el baño de servicio calzado en la cocina. Volvió a
entrar. Atravesó la sala de estar, el patio, el piso en damero y llegó al hall. Frente a él la escalera con
camino de terciopelo rojo, sujeto con varillas de bronce. Subió agarrándose del
pasamanos tallado. Su anfitriona detrás. Arriba un espacioso hall distribuidor.
A la izquierda, dos dormitorios que daban a la calle, separados por un baño
majestuoso: bañera con patas, inconmensurable lavatorio, balanza de pesas
amurada a la pared. Enfrente una habitación cubierta de placares y a la
izquierda otra, enorme, que daba a la terraza.
Unos escalones y otra terracita con una pérgola. Desde la terraza salió
por otra puerta hacia una minúscula cocina adonde desembocaba la escalera
interna. En ese distribuidor tres puertas. Un baño, una habitación absurdamente
pequeña y otra más grande ventaneando sobre el jardín. Se sintió mareado, le
faltaba el aliento. Aunque no hubiese sido su casa lo habría deslumbrado, un
vértigo saber que había comenzado a vivir deambulando por allí. Se despidió tan
aturdido que ni dio las gracias. Subió al auto. Un semáforo lo detuvo frente a
una florería. Estacionó, bajó y encargó dos docenas de rosas. ¿A nombre de
quién? Reparó en que no lo sabía. Escribió sobre la tarjeta que le
ofrecían: Señora del 515, en deuda eterna, el niño que fui.
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