lunes, 18 de julio de 2016

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¿Quién es esa que viene? preguntó Luciana. No es esa, es una señora que hace muchos años estuvo casada con el abuelo le aclaró Francisco. ¿Justo hoy que Leo me invitó a dormir? protestó Camilo. Luciana se sumó a la causa nunca nos dijiste que existía. El otro día nos encontramos y me comentó que le gustaría mucho conocerlos explicó Francisco. ¿De repente te agarró el amor? insistió la nena. Francisco se impacientó  basta de comentarios, esta señora viene a cenar y lo único que les pido es que sean educados. No obstante concedió si no terminamos tarde, después de comer te llevo a lo de Leo. Vengan a cambiarse ordenó Valeria. ¿Para qué? cocoreó Luciana que me conozca como soy. A los pocos minutos el timbre sonaba. Francisco fue a abrir, nervioso. Él también dudaba del sentido de la cena. Vagamente culpable, además. La puerta le entregó la luminosa sonrisa de Laura. Bienvenida la recibió Valeria. Los tres chicos, lavados y planchados se quedaron en la puerta del living, con cara de pocos amigos. Laura se aproximó y les sonrió; solo el pequeño le devolvió la sonrisa. Ella se agachó vos debés ser Tobías, mirá te traje algo. La cara de los mayores mostró cierto interés mientras el nene agarraba la caja de marcadores con timidez. Laura se incorporó, se acercó al mayor y le tendió la mano soy Laura y me parece que sos Camilo el chico se la estrechó con fuerza y ella aclaró salió ayer tendiéndole un paquete. Camilo rasgó el papel ¡el último Harry Potter! La nena se acercó yo te doy un beso porque soy mujer y no te digo que soy Luciana porque total ya lo sabés. Laura le acarició el cabello pero no sabía que iba a encontrarme con una señorita tan linda, espero que te quede bien.  ¡Me encanta! exclamó la nena apoyando con coquetería el vestido sobre su cuerpo. Los chicos, el buen humor recuperado, parlotearon como de costumbre. La conversación de la cena instalada en el hoy. Papi, ¿me llevás? reclamó Camilo en cuanto terminaron. Media hora después, café mediante, partían los tres. Francisco pensó que ahora ocupaba el lugar de su padre; su hijo, acostado en el asiento trasero, leyendo el libro, el que había sido suyo. Lo dejaron primero. En el momento de bajarse Laura le entregó  un sobre lo escribí para vos el día en que te conocí y antes de que él pudiera reaccionar, desapareció. Un ángel de ojos pardos me trajiste en los brazos y el dolor más hermoso de mi vida nació empezaba. Arrancó, conmovido. Quién como ella, podía entender a Laura. Sin pedirle autorización sus manos condujeron hacia la casa de Claudia. Estacionó frente a la puerta y apagó el motor del auto. Después de diez minutos, venciéndose, arrancó.


Se acostó junto a Valeria, intentando no despertarla. No lograba identificar al culpable. Solo inútiles marañas de dolor, provocadas sin que mediara la intención. Por primera vez se encontró pensando, no en su necesidad de Claudia, sino en lo que ella estaría sintiendo. La imaginó  entre sábanas, compartiendo a la distancia un mismo insomnio. Angustiado, apretó fuerte los ojos. 

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