¿Quién es esa que viene? preguntó Luciana. No es esa, es una señora
que hace muchos años estuvo casada con el abuelo le aclaró Francisco.
¿Justo hoy que Leo me invitó a dormir? protestó Camilo. Luciana se sumó
a la causa nunca nos dijiste que existía. El otro día nos encontramos y me comentó
que le gustaría mucho conocerlos explicó
Francisco. ¿De repente te agarró el amor? insistió la nena. Francisco
se impacientó basta de comentarios,
esta señora viene a cenar y lo único que les pido es que sean educados. No obstante concedió si no
terminamos tarde, después de comer te llevo a lo de Leo. Vengan a
cambiarse ordenó Valeria. ¿Para qué? cocoreó Luciana que me
conozca como soy. A los pocos minutos el timbre sonaba. Francisco fue a
abrir, nervioso. Él también dudaba del sentido de la cena. Vagamente culpable,
además. La puerta le entregó la luminosa sonrisa de Laura. Bienvenida
la recibió Valeria. Los tres chicos, lavados y planchados se quedaron en la
puerta del living, con cara de pocos amigos. Laura se aproximó y les sonrió; solo
el pequeño le devolvió la sonrisa. Ella se agachó vos debés ser Tobías, mirá
te traje algo. La cara de los mayores mostró cierto interés mientras el
nene agarraba la caja de marcadores con timidez. Laura se incorporó, se acercó
al mayor y le tendió la mano soy Laura y me parece que sos Camilo el
chico se la estrechó con fuerza y ella aclaró salió ayer tendiéndole un
paquete. Camilo rasgó el papel ¡el último Harry Potter! La nena se
acercó yo te doy un beso porque soy mujer y no te digo que soy Luciana
porque total ya lo sabés. Laura le acarició el cabello pero no sabía que
iba a encontrarme con una señorita tan linda, espero que te quede bien. ¡Me encanta! exclamó la nena apoyando
con coquetería el vestido sobre su cuerpo. Los chicos, el buen humor
recuperado, parlotearon como de costumbre. La conversación de la cena instalada
en el hoy. Papi, ¿me llevás? reclamó Camilo en cuanto terminaron. Media
hora después, café mediante, partían los tres. Francisco pensó que ahora
ocupaba el lugar de su padre; su hijo, acostado en el asiento trasero, leyendo
el libro, el que había sido suyo. Lo dejaron primero. En el momento de bajarse
Laura le entregó un sobre lo escribí
para vos el día en que te conocí y antes de que él pudiera reaccionar, desapareció.
Un ángel de ojos pardos me trajiste en los brazos y el dolor más hermoso de
mi vida nació empezaba. Arrancó, conmovido. Quién como ella, podía
entender a Laura. Sin pedirle autorización sus manos condujeron hacia la casa
de Claudia. Estacionó frente a la puerta y apagó el motor del auto. Después de
diez minutos, venciéndose, arrancó.
Se acostó junto a Valeria, intentando no
despertarla. No lograba identificar al culpable. Solo inútiles marañas de
dolor, provocadas sin que mediara la intención. Por primera vez se encontró
pensando, no en su necesidad de Claudia, sino en lo que ella estaría sintiendo.
La imaginó entre sábanas, compartiendo a
la distancia un mismo insomnio. Angustiado, apretó fuerte los ojos.
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