PRESENTE
Imperioso verla. Estacionó frente al
consultorio. Estaba tocando el timbre cuando el portero le avisó que acababa de
retirarse. Fíjese en el bar de la esquina
sugirió. Corrió por la calle y allí, en la mesa de siempre, de
espaldas, la descubrió. Los huesos se le ablandaron. Se acercó desde atrás y le
puso una mano en el hombro. Ella giró la cabeza y miró la mano y así quedó,
muda, sin levantar la vista. Hasta que él la retiró y señalando la silla
de enfrente pidió ¿puedo? ¿Qué hacés acá? preguntó ella, recién
mirándolo. Él le contestó vine a verte. Ella quiso ser irónica ya me
doy cuenta; quisiera saber para qué. Vine a contarte todo lo que descubrí desde
que nos separamos; y como el ceño
de ella se frunció agregó
perdoname, necesitaba compartirlo con vos. La voz de ella sonó helada ¿el pedido de perdón significa que tu
presencia es circunstancial? Él se desesperó mi presencia solo es la constancia de que no
pude dejar de venir. Ella se ablandó contame, en principio, contame. A
medida que le iba transmitiendo sus encuentros con Laura, con Germán, la sangre
de Francisco se entibiaba. Recién compartiéndolas con ella sus vivencias
recobraban el sentido. ¿Y cómo te sentís con tanto sobre los hombros? preguntó,
al fin, ella. Una sola palabra
acudió a Francisco completo. Completo sin mí rectificó Claudia. No
dejaste de estar conmigo ni un instante. Ella buscó precisiones ¿para
qué me confesás esto?, ¿cambiaste de opinión? Francisco bajó la vista no
es una opinión, es un deber. Claudia lo acorraló creo que tenés dos
deberes, el segundo es hacerme el menor daño posible; y si solo viniste para
desahogarte, ya lo hiciste, ella sonrió irónica y añadió que el hombre no separe lo que Dios ha
unido. Luego el rostro se le endureció y rotunda ordenó andate. Francisco se quedó en
silencio. Andate un grito estrangulando su voz. Francisco solo atinó a balbucear Claudia, por favor.
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