miércoles, 20 de enero de 2016

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Con la luz del amanecer hizo su aparición una anciana sacada de un libro de cuentos. Impecable cabello blanco, pañuelo de seda anudado al cuello,  zapatitos con tacón, cartera colgada del codo. Le costó reconocer en ella a Delia. También su abrazo lo conmocionó. Muchas horas de la vida de su madre se habían llenado con las interminables conversaciones telefónicas con Delia, sobre todo cuando las piernas les empezaron a fallar. Ella los necesitaba tanto,  nunca aprendió a estar sola. Tu madre te adoraba, siempre fuiste la luz de sus ojos. Mientras la ayudaba a subir al taxi, una última frase Elisa fue una mujer excepcional, vos fuiste el único que supo valorarla.


El frío de la muerte se encarnizó con los vivos. Los huesos transformándose en escarcha a medida que bajaban escaleras y recorrían galerías. Advirtió que, salvo los suegros de Alicia, no había representantes de la generación de su madre. Una comitiva cercana a los cuarenta enterrando a su mamá. Se felicitó por no haber dejado que fueran los chicos. Además del frío lacerante y del deseo de aliviarles dolores, no tenía espacio para ellos. Demasiado hijo como para tener que ocuparse de ser padre. Parado frente al nicho calibraba el tamaño de su angustia. Hacía tiempo que ya no precisaba a su madre, que no ocupaba en pensar en ella más que un par de segundos diarios. Sin embargo un agujero se le instalaba en las entrañas. Y así como al nacer su primer hijo había descubierto que ya no ocupaba la punta de la rama, ahora,  al tocar por última vez el cajón elegido con tanto esmero, supo que su árbol genealógico se quedaba sin raíz. Bruscamente se cerró la tapa del nicho. Le entregaron una tarjetita. Galería 28, fila 4, 375. El nuevo domicilio de su mamá. Supo que jamás la visitaría. Se apartó del grupo y salió. El viento arreciaba. Temió salir volando. Sin raíz. Horacio se acercó y lo sujetó del brazo. Un punto de apoyo

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