Con la luz del amanecer hizo su aparición una
anciana sacada de un libro de cuentos. Impecable cabello blanco, pañuelo de
seda anudado al cuello, zapatitos con
tacón, cartera colgada del codo. Le costó reconocer en ella a Delia. También su
abrazo lo conmocionó. Muchas horas de la vida de su madre se habían llenado con
las interminables conversaciones telefónicas con Delia, sobre todo cuando las
piernas les empezaron a fallar. Ella los necesitaba tanto, nunca aprendió a estar sola. Tu madre te
adoraba, siempre fuiste la luz de sus ojos. Mientras la ayudaba a subir al
taxi, una última frase Elisa fue una mujer excepcional, vos fuiste el único
que supo valorarla.
El frío de la muerte se encarnizó con los vivos. Los
huesos transformándose en escarcha a medida que bajaban escaleras y recorrían
galerías. Advirtió que, salvo los suegros de Alicia, no había representantes de
la generación de su madre. Una comitiva cercana a los cuarenta enterrando a su
mamá. Se felicitó por no haber dejado que fueran los chicos. Además del frío
lacerante y del deseo de aliviarles dolores, no tenía espacio para ellos. Demasiado
hijo como para tener que ocuparse de ser padre. Parado frente al nicho
calibraba el tamaño de su angustia. Hacía tiempo que ya no precisaba a su
madre, que no ocupaba en pensar en ella más que un par de segundos diarios. Sin
embargo un agujero se le instalaba en las entrañas. Y así como al nacer su
primer hijo había descubierto que ya no ocupaba la punta de la rama,
ahora, al tocar por última vez el cajón
elegido con tanto esmero, supo que su árbol genealógico se quedaba sin raíz.
Bruscamente se cerró la tapa del nicho. Le entregaron una tarjetita. Galería
28, fila 4, 375. El nuevo domicilio de su mamá. Supo que jamás la
visitaría. Se apartó del grupo y salió. El viento arreciaba. Temió salir
volando. Sin raíz. Horacio se acercó y lo sujetó del brazo. Un punto
de apoyo.
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