Uno recordaba una línea de acontecimientos y fechas,
desde donde uno se encontraba en aquel momento y hacia atrás. Es decir, una
línea temporal (…) cuando se llegaba a la infancia ya no había línea; entonces,
más bien aparecía un paisaje de acontecimientos, era imposible recordar el
orden, su cronología, tal vez, éstos no siguieran orden alguno, sino que
estaban dispersos, como sobre una planicie.
PETER HOEG
Los
fronterizos
PRETERITO
PERFECTO SIMPLE
.
Francisco levantó la vista del libro. Un esfuerzo
leer con tan poca luz. Lo apoyó a los pies de la cama y se incorporó. Controló
el goteo del suero y la mascarilla del oxígeno. Ya las dos de la mañana. Quizá Valeria estuviera en lo cierto: su presencia allí no tenía razón de ser. Su
madre no había abierto un ojo ni movido un músculo en toda la noche. Francisco
alisó las sábanas, apartó ligeramente la silla de la cama, recuperó el libro y
volvió a sentarse. Libro que depositó sobre su pantalón arrugado. Una masa de
horas, indiscriminada, agobiante. Su madre había empezado a sentirse mal el día
del cumpleaños de la nena. Náuseas que se fueron transformando en vómitos
incoercibles sin que los médicos entendieran qué estaba pasando. Radiografías
de aquí, análisis de allá. Todo encuadrado en la burocracia resultante de su
condición de jubilada. Cada práctica médica se realizaba en un lugar
diferente, en horarios imposibles que nunca eran respetados. Recuerda con
precisión la primera visita al gastroenterólogo. Cuando llegaron, la sala de
espera estaba repleta. Decenas de representantes de la tercera edad sentados, una al lado del otro, en
lamentable exposición. Pasen y elijan su anciano favorito. Se ubicaron
entre ellos. Después de media hora Francisco comenzó a impacientarse. A las
cinco tenía que retirar a los chicos del colegio. Le preguntó a una viejita con
bastón sentada a su derecha a qué hora la habían citado. 15 y 30. Algo
no andaba bien. Le preguntó, entonces, a un hombre gordísimo instalado al lado
de su madre. 15 y 30. Se paró y, recorriendo la sala, repitió
infinitamente la pregunta. Increpó,
furioso, a la secretaria ¿por qué todos 15 y 30? Es la hora en que llega el
doctor fue la lacónica respuesta y ante la cara desorbitada de Francisco
agregó además, ellos no tienen nada que hacer. Hubiera querido
trompearla pero tuvo que conformarse con solicitar el libro de quejas. Se
acercó a su madre y sin explicaciones la agarró del brazo, la izó y pese a sus
ruegos, la arrancó del consultorio, descargando la indignación contra la
puerta. Un vía crucis. Encima, escuchar las protestas de Valeria contra
sus hermanos. Un diálogo entre las enfermeras, a viva voz, en el pasillo, lo
despegó de sus pensamientos. ¿No podían tener más cuidado? No. En el transcurso
de esas semanas había llegado a la conclusión de que la mayor parte de los
profesionales de la salud perdían de vista que el objeto de sus
manipulaciones eran seres de carne y hueso. Cada estudio había representado
para Francisco una odisea. Dar mil vueltas hasta conseguir estacionar justo enfrente.
Subir a buscarla. Tocar el timbre y esperar, con el corazón galopando por causa
de la demora, que le abriera. Más deteriorada, más sucia que el día anterior. Comprobar que cada vez le costaba más
movilizarla. ¿Podía la artrosis avanzar tanto en veinticuatro horas? Subirla al
ascensor pensando que tenía que conseguir una empleada. Llegar a la planta baja
diciéndose que ya hacía una semana que se lo había propuesto. Mientras la
arrastraba hasta la puerta decidir que la situación ya había llegado al límite,
su madre no podía estar sola ni un día más. Luego montarla en el asiento
rogando llegar a destino sin que vomitara. Francisco se daba cuenta ahora,
mientras seguía sosteniendo el libro cerrado sobre las piernas, que en esos
momentos no le había quedado espacio
para preguntarse qué habría estado pensando ella, transportada como un objeto,
quizás consciente del fastidio de su hijo, luchando contra las náuseas.
Náuseas, él sí que sabía de náuseas.
Cerró los ojos. Otra vez pensando en sí mismo. Inspiró profundamente. Mirá
todos los trastornos que te causo se disculpaba permanentemente su madre y él no había buscado
palabras para confortarla. Hasta el día en que, después de suspender una reunión
importante, llegó al hospital con los zapatos nuevos vomitados y la enfermera
les comunicó que el ecografista había tenido que retirarse, Francisco estalló. Minutos
después los médicos se arremolinaron y lo que parecía imposible se produjo:
placas y análisis encadenados en el mismo momento, en el mismo lugar. Francisco
se encendió de rabia, ahora al lado de su madre inmóvil, al recordar al
traumatólogo blandiendo la radiografía junto a la camilla al tiempo que decía con
estas rodillas, que se despida de volver a caminar. Y así fue. Cuando le
comunicó que habían decidido internarla, su madre se limitó a encoger los
hombros. Francisco no se atrevió a leerle la mirada. La dejó allí. Sola. Llegó
a su casa y presionado por Valeria, llamó a Alicia. Si puedo mañana me doy
una vuelta, fue su respuesta. El ruido de la puerta abriéndose lo
sobresaltó. Un camillero que seguramente había arribado al lugar equivocado
porque, sin excusarse, cerró con brusquedad y desapareció. Era él mismo que le
había recomendado a la enfermera que tuvo que contratar para que acompañara a
su madre. También tuvo que pagar la diferencia para que la trasladaran a una
habitación individual. Él iba un par de veces por día, pero permanecer más de
diez minutos le resultaba intolerable. Le habían tenido que poner pañales y de solo
recordarlo, las náuseas lo amenazaban. Su madre había sido la estampa misma del
pudor. Impensable verla ni siquiera en camisón. Tal vez desconectarse fue el
único recurso que había encontrado para poder sobrellevar tamaña humillación.
Porque hacía unos días que al intentar que su madre tomara la cuchara su
impaciente mamá, comé obtuvo un ¿para qué?, que fue lo último que
escuchó de ella, y fue también la última vez en que su madre movió alguna parte
de sí misma. Los médicos resolvieron la situación fácilmente: no quiere
comer igual suero. Recién ayer había conseguido que la viera un neurólogo
que después de revisarla y comprobar que pese a la inmovilidad conservaba los
reflejos, indicó una tomografía de cerebro. Francisco sintió que esa noche sí
debería quedarse. ¿Por qué hoy? había preguntado Valeria. Y aunque no lo
sabía, se encontró justificándose con el estudio que le harían en cuanto
amaneciera. Además, le vendría bien estar solo. Hacía semanas que se había
transformado en una máquina que intentaba, a duras penas, conciliar
obligaciones. Estaba cansado, demasiado cansado. Se reacomodó.
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