miércoles, 6 de enero de 2016

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Uno recordaba una línea de acontecimientos y fechas, desde donde uno se encontraba en aquel momento y hacia atrás. Es decir, una línea temporal (…) cuando se llegaba a la infancia ya no había línea; entonces, más bien aparecía un paisaje de acontecimientos, era imposible recordar el orden, su cronología, tal vez, éstos no siguieran orden alguno, sino que estaban dispersos, como sobre una planicie.

PETER HOEG
Los fronterizos


PRETERITO PERFECTO SIMPLE
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Francisco levantó la vista del libro. Un esfuerzo leer con tan poca luz. Lo apoyó a los pies de la cama y se incorporó. Controló el goteo del suero y la mascarilla del oxígeno. Ya las dos de la mañana. Quizá Valeria estuviera en lo cierto: su presencia allí no tenía razón de ser. Su madre no había abierto un ojo ni movido un músculo en toda la noche. Francisco alisó las sábanas, apartó ligeramente la silla de la cama, recuperó el libro y volvió a sentarse. Libro que depositó sobre su pantalón arrugado. Una masa de horas, indiscriminada, agobiante. Su madre había empezado a sentirse mal el día del cumpleaños de la nena. Náuseas que se fueron transformando en vómitos incoercibles sin que los médicos entendieran qué estaba pasando. Radiografías de aquí, análisis de allá. Todo encuadrado en la burocracia resultante de su condición de jubilada. Cada práctica médica se realizaba en un lugar diferente, en horarios imposibles que nunca eran respetados. Recuerda con precisión la primera visita al gastroenterólogo. Cuando llegaron, la sala de espera estaba repleta. Decenas de representantes de la tercera edad  sentados, una al lado del otro, en lamentable exposición. Pasen y elijan su anciano favorito. Se ubicaron entre ellos. Después de media hora Francisco comenzó a impacientarse. A las cinco tenía que retirar a los chicos del colegio. Le preguntó a una viejita con bastón sentada a su derecha a qué hora la habían citado. 15 y 30. Algo no andaba bien. Le preguntó, entonces, a un hombre gordísimo instalado al lado de su madre. 15 y 30. Se paró y, recorriendo la sala, repitió infinitamente la pregunta.  Increpó, furioso, a la secretaria ¿por qué todos 15 y 30? Es la hora en que llega el doctor fue la lacónica respuesta y ante la cara desorbitada de Francisco agregó además, ellos no tienen nada que hacer. Hubiera querido trompearla pero tuvo que conformarse con solicitar el libro de quejas. Se acercó a su madre y sin explicaciones la agarró del brazo, la izó y pese a sus ruegos, la arrancó del consultorio, descargando la indignación contra la puerta. Un vía crucis. Encima, escuchar las protestas de Valeria contra sus hermanos. Un diálogo entre las enfermeras, a viva voz, en el pasillo, lo despegó de sus pensamientos. ¿No podían tener más cuidado? No. En el transcurso de esas semanas había llegado a la conclusión de que la mayor parte de los profesionales de la salud perdían de vista que el objeto de sus manipulaciones eran seres de carne y hueso. Cada estudio había representado para Francisco una odisea. Dar mil vueltas hasta conseguir estacionar justo enfrente. Subir a buscarla. Tocar el timbre y esperar, con el corazón galopando por causa de la demora, que le abriera. Más deteriorada, más sucia que el día anterior.  Comprobar que cada vez le costaba más movilizarla. ¿Podía la artrosis avanzar tanto en veinticuatro horas? Subirla al ascensor pensando que tenía que conseguir una empleada. Llegar a la planta baja diciéndose que ya hacía una semana que se lo había propuesto. Mientras la arrastraba hasta la puerta decidir que la situación ya había llegado al límite, su madre no podía estar sola ni un día más. Luego montarla en el asiento rogando llegar a destino sin que vomitara. Francisco se daba cuenta ahora, mientras seguía sosteniendo el libro cerrado sobre las piernas, que en esos momentos  no le había quedado espacio para preguntarse qué habría estado pensando ella, transportada como un objeto, quizás consciente del fastidio de su hijo, luchando contra las náuseas. Náuseas,  él sí que sabía de náuseas. Cerró los ojos. Otra vez pensando en sí mismo. Inspiró profundamente. Mirá todos los trastornos que te causo se disculpaba permanentemente su madre y él no había buscado palabras para confortarla. Hasta el día en que, después de suspender una reunión importante, llegó al hospital con los zapatos nuevos vomitados y la enfermera les comunicó que el ecografista había tenido que retirarse, Francisco estalló. Minutos después los médicos se arremolinaron y lo que parecía imposible se produjo: placas y análisis encadenados en el mismo momento, en el mismo lugar. Francisco se encendió de rabia, ahora al lado de su madre inmóvil, al recordar al traumatólogo blandiendo la radiografía junto a la camilla al tiempo que decía con estas rodillas, que se despida de volver a caminar. Y así fue. Cuando le comunicó que habían decidido internarla, su madre se limitó a encoger los hombros. Francisco no se atrevió a leerle la mirada. La dejó allí. Sola. Llegó a su casa y presionado por Valeria, llamó a Alicia. Si puedo mañana me doy una vuelta, fue su respuesta. El ruido de la puerta abriéndose lo sobresaltó. Un camillero que seguramente había arribado al lugar equivocado porque, sin excusarse, cerró con brusquedad y desapareció. Era él mismo que le había recomendado a la enfermera que tuvo que contratar para que acompañara a su madre. También tuvo que pagar la diferencia para que la trasladaran a una habitación individual. Él iba un par de veces por día, pero permanecer más de diez minutos le resultaba intolerable. Le habían tenido que poner pañales y de solo recordarlo, las náuseas lo amenazaban. Su madre había sido la estampa misma del pudor. Impensable verla ni siquiera en camisón. Tal vez desconectarse fue el único recurso que había encontrado para poder sobrellevar tamaña humillación. Porque hacía unos días que al intentar que su madre tomara la cuchara su impaciente mamá, comé obtuvo un ¿para qué?, que fue lo último que escuchó de ella, y fue también la última vez en que su madre movió alguna parte de sí misma. Los médicos resolvieron la situación fácilmente: no quiere comer igual suero. Recién ayer había conseguido que la viera un neurólogo que después de revisarla y comprobar que pese a la inmovilidad conservaba los reflejos, indicó una tomografía de cerebro. Francisco sintió que esa noche sí debería quedarse. ¿Por qué hoy? había preguntado Valeria. Y aunque no lo sabía, se encontró justificándose con el estudio que le harían en cuanto amaneciera. Además, le vendría bien estar solo. Hacía semanas que se había transformado en una máquina que intentaba, a duras penas, conciliar obligaciones. Estaba cansado, demasiado cansado. Se reacomodó.


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