Francisco, sentado en otra silla dura, de alguna
manera seguía esperando. Y ahora era la mezcla del olor a flores y a cigarrillo
lo que provocaba su malestar. Apoyado en la pared, entornó los párpados. Hasta
que percibir una respiración a su lado lo obligó a abrirlos. Sin saber por qué,
se incorporó. Quizás solo por buena educación, porque una vez que se encontró
de pie se le terminaron las intenciones. Me acabo de enterar dijo
Guillermo. La expresión de sus ojos increíblemente verdes lo condensaba.
Guillermo era como un gato. Libre, seductor y profundamente egoísta. Sin
embargo, Francisco no lograba tenerle rencor. Su hermano estaba demasiado
desligado de todo y de todos como para ser juzgado con las mismas leyes que se
aplicaban al resto de los mortales. Francisco sin decir una palabra, lo abrazó.
Guillermo le palmeó la espalda y luego de un instante se apartó, giró sobre sí
mismo, en silencio, y se alejó. Francisco, con un solo movimiento, se dejó caer
sobre la butaca. Escondió la cabeza entre las manos. Así quedó, hasta que unos pasos le anticiparon la
cercanía de su mujer. Se descubrió la cara. Valeria se sentó a su lado y le
tomó la mano, gesto que en lugar de aliviarlo, aumentó su angustia. Apretó los párpados y cuando los abrió
comprobó que Alicia estaba atravesando la puerta. La esperó de pie. Ella caminó
hacia él, imponente pese a ser tan menuda. De negro. Aunque siempre vestía de
negro. Cómo fue preguntó mientras lo besaba en la mejilla. Francisco se
encogió de hombros. ¿Sufrió? Alicia se sentó junto a él y le pasó el
brazo sobre el hombro como si fuera una criatura. Francisco no recordaba la
última vez que habían estado tan próximos. Instantes después percibió la
rigidez de ambos cuerpos. Porque su
familia de origen no había sido afecta a los contactos. Sin saber tampoco cómo separarse permanecían
en silencio. Le quedaba claro que a Alicia solo le daba lástima la lástima del
hermano menor. El hermanito. El cuerpo se le aflojó. Cerró los ojos y se
entregó al contacto.
Qué distinto el velorio de su padre. Francisco no
había podido encontrar un lugar en medio de la caravana de gente importante que
Alicia recibía con un aplomo admirable,
a pesar de que él sabía lo que había significado para su hermana esa
pérdida. Aplomo que también Guillermo supo demostrar. Francisco había vuelto a
ser el nene menor. Nunca consiguió sentirse un hombre frente a su padre. No
creía que hubiesen compartido una sola conversación que rozara los sentimientos
ni que su padre se hubiera interesado por alguna de las decisiones importantes
de su vida. Tenía la certeza de haber sido el menos querido de los tres. Quizás
el desconsuelo que experimentó ante su muerte más que por su pérdida fue por no
haberlo tenido nunca tanto como lo había necesitado. El intolerable dolor de
saber que no era protagonista del dolor.
Un deudo secundario.
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