viernes, 15 de enero de 2016

5

Francisco, sentado en otra silla dura, de alguna manera seguía esperando. Y ahora era la mezcla del olor a flores y a cigarrillo lo que provocaba su malestar. Apoyado en la pared, entornó los párpados. Hasta que percibir una respiración a su lado lo obligó a abrirlos. Sin saber por qué, se incorporó. Quizás solo por buena educación, porque una vez que se encontró de pie se le terminaron las intenciones. Me acabo de enterar dijo Guillermo. La expresión de sus ojos increíblemente verdes lo condensaba. Guillermo era como un gato. Libre, seductor y profundamente egoísta. Sin embargo, Francisco no lograba tenerle rencor. Su hermano estaba demasiado desligado de todo y de todos como para ser juzgado con las mismas leyes que se aplicaban al resto de los mortales. Francisco sin decir una palabra, lo abrazó. Guillermo le palmeó la espalda y luego de un instante se apartó, giró sobre sí mismo, en silencio, y se alejó. Francisco, con un solo movimiento, se dejó caer sobre la butaca. Escondió la cabeza entre las manos. Así quedó,  hasta que unos pasos le anticiparon la cercanía de su mujer. Se descubrió la cara. Valeria se sentó a su lado y le tomó la mano, gesto que en lugar de aliviarlo, aumentó su angustia.  Apretó los párpados y cuando los abrió comprobó que Alicia estaba atravesando la puerta. La esperó de pie. Ella caminó hacia él, imponente pese a ser tan menuda. De negro. Aunque siempre vestía de negro. Cómo fue preguntó mientras lo besaba en la mejilla. Francisco se encogió de hombros. ¿Sufrió? Alicia se sentó junto a él y le pasó el brazo sobre el hombro como si fuera una criatura. Francisco no recordaba la última vez que habían estado tan próximos. Instantes después percibió la rigidez de ambos cuerpos. Porque su  familia de origen no había sido afecta a los contactos.  Sin saber tampoco cómo separarse permanecían en silencio. Le quedaba claro que a Alicia solo le daba lástima la lástima del hermano menor. El hermanito. El cuerpo se le aflojó. Cerró los ojos y se entregó al contacto.


Qué distinto el velorio de su padre. Francisco no había podido encontrar un lugar en medio de la caravana de gente importante que Alicia recibía con un aplomo admirable,  a pesar de que él sabía lo que había significado para su hermana esa pérdida. Aplomo que también Guillermo supo demostrar. Francisco había vuelto a ser el nene menor. Nunca consiguió sentirse un hombre frente a su padre. No creía que hubiesen compartido una sola conversación que rozara los sentimientos ni que su padre se hubiera interesado por alguna de las decisiones importantes de su vida. Tenía la certeza de haber sido el menos querido de los tres. Quizás el desconsuelo que experimentó ante su muerte más que por su pérdida fue por no haberlo tenido nunca tanto como lo había necesitado. El intolerable dolor de saber que no era protagonista del dolor.  Un deudo secundario.

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