lunes, 18 de enero de 2016

6

Absurdo pero rotundo: los tres no estaban velando a la misma madre. Francisco ya estaba acostumbrado a sentirse hijo único. La hermana había decidido que el bienestar de la madre no era asunto que le competiera.  Alicia la llamaba para el cumpleaños y para el día de la madre. Se reunían para Navidad. Pero de responsabilidades, nada. Un día, ante un pálido reclamo, Alicia había sentenciado mirá, Francisco, lo lamento por lo que a vos te toca, pero yo no pienso hacerme cargo de mamá y ahí había concluido la conversación. A Guillermo ni siquiera le había planteado el tema. Y Francisco, de alguna manera, los habilitaba. Pese a las discusiones posteriores con Valeria, que no entendía nada del vínculo entre ellos. ¿Sabés lo que son tus hermanos?, dos vivos, eso es lo que son. Por eso, además de por los chicos, había preferido que Valeria se fuera. Lo único que le faltaba era que el velorio se transformara en una batalla verbal entre sus hermanos y su mujer. Ya con qué sentido. La madre solía utilizar a Francisco para enviarles recados o para averiguar lo que a sus primogénitos no se animaba a preguntar. Cualquier gesto que de ellos procediera se convertía en una fiesta. Motivo por el cual Francisco se había alegrado del par de fugaces visitas de Alicia al hospital. Sin embargo, Guillermo no había ido, ni una sola vez había ido. Estaba tan enredado en sus pensamientos que solo descubrió a Horacio cuando le habló. Se abrazaron apretada y largamente.


La noche transcurrió lentísima. Valeria, pese a sus indicaciones, apareció a las tres de la mañana con un termo y con su chocolate favorito. Era curioso, el sentimiento predominante ante las muertes cercanas era la vergüenza por sus necesidades vitales. Se convencía, entonces, de que no podía tener hambre, sueño, sed. Pero fue tal la insistencia de su mujer que terminó mordisqueando la tableta. Flanqueado por Valeria y por Horacio, vio llegar el amanecer. A gatas contestaba y hasta le molestaba escucharlos charlar. Su mujer y su mejor amigo tan próximos y sin embargo tan ajenos a sus necesidades. Había una porción de sí mismo inmune a los acercamientos. Una cáscara que al tiempo que lo aislaba le daba forma, evitando que se derramara. Como la valva de un molusco. Buscando alivio en el movimiento se acercó al cajón. Miró a su madre. Dentro de unas horas se acabarían, para siempre, las posibilidades de observarla.  Nunca había reparado de dónde procedían las orejas de Luciana, la impecable curvatura de la frente de Camilo, las cejas de Tobi. Jamás la había examinado tan intensamente. Solo a alguien muerto o dormido se lo puede contemplar así. Se concentró en la boca. Tanto que le pareció que los labios se despegaban. Huyó como del diablo, y se reubicó junto a su mujer que dormitaba. Francisco entornó los párpados. El chocolate le había caído mal, empezaba a tener náuseas. Y en esa oscuridad privada descubrió que era huérfano. No por ser adulto dejaba de ser huérfano. Se le ablandaron las costillas de desvalimiento. Valeria se reacomodó y le apoyó una mano sobre el muslo. Francisco la tomó y con delicadeza palpó los nudillos, delineó las uñas ovaladas, perfectas. Entre miles, aun a oscuras, podría reconocer esos dedos. Ambos aumentaron la presión del contacto.

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