Absurdo pero rotundo: los tres no estaban velando a
la misma madre. Francisco ya estaba acostumbrado a sentirse hijo único. La
hermana había decidido que el bienestar de la madre no era asunto que le
competiera. Alicia la llamaba para el
cumpleaños y para el día de la madre. Se reunían para Navidad. Pero de
responsabilidades, nada. Un día, ante un pálido reclamo, Alicia había
sentenciado mirá, Francisco, lo lamento por lo que a vos te toca, pero yo no
pienso hacerme cargo de mamá y ahí había concluido la conversación. A
Guillermo ni siquiera le había planteado el tema. Y Francisco, de alguna
manera, los habilitaba. Pese a las discusiones posteriores con Valeria, que no
entendía nada del vínculo entre ellos. ¿Sabés lo que son tus hermanos?, dos
vivos, eso es lo que son. Por eso, además de por los chicos, había
preferido que Valeria se fuera. Lo único que le faltaba era que el velorio se
transformara en una batalla verbal entre sus hermanos y su mujer. Ya con qué sentido.
La madre solía utilizar a Francisco para enviarles recados o para averiguar lo
que a sus primogénitos no se animaba a preguntar. Cualquier gesto que de ellos
procediera se convertía en una fiesta. Motivo por el cual Francisco se había
alegrado del par de fugaces visitas de Alicia al hospital. Sin embargo,
Guillermo no había ido, ni una sola vez había ido. Estaba tan enredado en sus
pensamientos que solo descubrió a Horacio cuando le habló. Se abrazaron
apretada y largamente.
La noche transcurrió lentísima. Valeria, pese a sus
indicaciones, apareció a las tres de la mañana con un termo y con su chocolate
favorito. Era curioso, el sentimiento predominante ante las muertes cercanas
era la vergüenza por sus necesidades vitales. Se convencía, entonces, de que no
podía tener hambre, sueño, sed. Pero fue tal la insistencia de su mujer que
terminó mordisqueando la tableta. Flanqueado por Valeria y por Horacio, vio
llegar el amanecer. A gatas contestaba y hasta le molestaba escucharlos
charlar. Su mujer y su mejor amigo tan próximos y sin embargo tan ajenos a sus
necesidades. Había una porción de sí mismo inmune a los acercamientos. Una
cáscara que al tiempo que lo aislaba le daba forma, evitando que se derramara. Como
la valva de un molusco. Buscando alivio en el movimiento se acercó al
cajón. Miró a su madre. Dentro de unas horas se acabarían, para siempre, las
posibilidades de observarla. Nunca había
reparado de dónde procedían las orejas de Luciana, la impecable curvatura de la
frente de Camilo, las cejas de Tobi. Jamás la había examinado tan intensamente.
Solo a alguien muerto o dormido se lo puede contemplar así. Se concentró
en la boca. Tanto que le pareció que los labios se despegaban. Huyó como del
diablo, y se reubicó junto a su mujer que dormitaba. Francisco entornó los
párpados. El chocolate le había caído mal, empezaba a tener náuseas. Y en esa
oscuridad privada descubrió que era huérfano. No por ser adulto dejaba de ser
huérfano. Se le ablandaron las costillas de desvalimiento. Valeria se reacomodó
y le apoyó una mano sobre el muslo. Francisco la tomó y con delicadeza palpó
los nudillos, delineó las uñas ovaladas, perfectas. Entre miles, aun a oscuras,
podría reconocer esos dedos. Ambos aumentaron la presión del contacto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario