lunes, 25 de enero de 2016

9

Le tomó otros cuantos días juntar fuerzas para regresar. Recorrió en cámara lenta los ambientes atiborrados. La madre nunca había querido deshacerse de sus muebles y a medida que las mudanzas la habían ido privando de metros cuadrados, los objetos se fueron concentrando. Pasó un dedo por la biblioteca. Pese al aparente orden resultaba claro que hacía mucho más de un mes que nadie limpiaba. Fue a la cocina a tomar agua. Sacó de la alacena un vaso tan engrasado que tuvo que lavarlo. Con jabón blanco porque su madre siempre había sostenido que el detergente le estropeaba las manos. Abrió la heladera. Enfrentarse con los restos de huevo pegoteando la huevera fue la confirmación. Él había supuesto que su madre estaba en condiciones de llevar adelante esa casa y era obvio que no había podido. Él no había registrado las condiciones reales en que había vivido su mamá. Siempre demasiado apurado, visitas de médico decía ella. Solo para recoger un impuesto o dejarle dinero. Porque los almuerzos en el comedor atestado de muebles habían quedado atrás. Rememoró con nostalgia las cintas argentinas del 25 de mayo, los churros del 9 de julio. El vermut  servido en el bar, Camilo agitando las piernas en los bancos altísimos tomando granadina con pajita en una copa de cristal. Pero a medida que su familia crecía fue resultando más fácil tocarle el portero eléctrico y venirla a buscar. Casi todos los domingos. Aleatoriamente cuando faltaba Carmen. Aunque en el último año habían ido prescindiendo de su ayuda. Demasiada carga para su artrosis  los tres nietos.  Me contó mi Luciérnaga que el sábado están de casamiento, ¿querés que me quede con los chicos? No hace falta, Valeria  combinó con Carmen. Pero para mí es un gusto. No, mamá, está todo arreglado. ¿Querés traerme a alguno? Por favor, no insistas. ¿Ya ni para cuidar una criatura sirvo? Volvió al living. Sentado en el sillón intentó recorrer con disciplina los empolvados estantes de la biblioteca. Príncipe y mendigo, Sandokán, El pequeño lord, Corazón, Peter Pan, La colina de los conejos. Se incorporó y se acercó a uno de los estantes más altos, colmado de maltrechos libros de lectura. Upa, Cogollitos, Pininos. Tomó uno. En la primera hoja una redonda cursiva infantil germen de la inconfundible caligrafía de su hermana. Alicia Cristina Castillo. 3ro A. Lo hojeó. Retratos y frases enérgicamente tachados. Yo amo a Evita. Yo amo a Perón. Sonrió descubriendo qué antigua era la vocación política de su hermana. Devolvió el libro al estante y tomó otro. Pasó los dedos por el lomo desnudo surcado de hilos. Moroso,  palpó  las esquinas redondeadas, los cantos raídos. Desde las yemas le subió algo indefinible. Abrió el libro al azar. Un señor lavando un auto. Lo cerró con violencia y lo abandonó sin guardarlo. Se puso la campera y salió. Desde el ascensor le avisó a Marcela que iba para el estudio.


No tuvo buen día. Un cruce de palabras con el dibujante. Un presupuesto rechazado. Para ventilarse fue a comer en el bar de la esquina pero le sirvieron un bife que resultó de cartón. Lo abandonó sobre el plato y fue a dar una vuelta. Desazón decía su mamá.  Hasta que las yemas de los dedos le enviaron texturas ajenas al bolsillo. Recordó un artículo que comentaba que cuando a una persona le cortan una mano, por cierto tiempo experimenta percepciones que parecen provenir de ella. Francisco se detuvo. Sacó las manos del bolsillo y se las miró. Y de pronto se dio cuenta de que estaba en la mitad de la calle, que la gente caminaba sorteándolo y que él se miraba las manos. Las regresó a los bolsillos. Tenía náuseas. El bife, seguramente.

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