Se despertó sobresaltado. Las cuatro de la mañana.
Se paró. El goteo del suero era normal. Se acercó a la cama y reacomodó la
mascarilla. Su madre abrió los ojos. El corazón de Francisco se aceleró. Ella
lo miró. ¿Qué había en esos ojos? Él le apoyó la mano en la frente. Dos
lágrimas pesadas rodaron por la cara de la madre. Dios, ¿había estado consciente durante esa eternidad de horas muertas?
La mascarilla comenzó a agitarse. Hecho un impulso, se la quitó. Su madre movió
los labios, resecos por el oxígeno. Francisco buscó un algodón en la mesa de
luz, lo embebió en agua y se lo acercó a la boca. Ella lo buscó con la lengua.
No tenía la dentadura. Hubiera querido golpearla para devolverla a las
tinieblas pero se encontró prometiéndole ya va a estar todo bien, mamá.
Ella, los ojos fijos, ladeó casi imperceptiblemente la cabeza y emitió un
sonido desarticulado. Lo invadió un terror irracional. Tranquila, mamá.
Su mano volvió a la frente. Los sonidos se arrastraban indescifrables,
guturales, pero en los ojos de su madre
había una intención. Estaba seguro. Hubiese necesitado ser sabio y solo se le
ocurrían tonterías. Su madre inspiró hondo y logró articular prometeme… ¿Qué, mamá, por favor qué? Esto no podía estar pasándole.
Quería escapar. Que alguien viniera a salvarlo. Valeria, Horacio murmuró
mientras humedecía los labios de su madre que continuaba esforzándose. Después
cerró los ojos, tal vez vencida. Francisco se apartó de la cama. El estómago
revuelto. Se acercó a la ventana y apoyó la frente sobre el vidrio. Un hombre
cruzaba la calle. Instantes después regresó junto a su madre, que seguía con
los párpados cerrados. Estoy aquí, ¿me escuchás, mamá? Le apretó ambas manos con fuerza sin
obtener respuesta. Entonces volvió a ajustarle la mascarilla. Después se sentó
en la silla, se apretó a sí mismo con los brazos cruzados, bajó la cabeza e,
involuntariamente, comenzó a balancearse. Para adelante, para atrás.
La pasaron a una camilla y de la camilla a una
ambulancia. Francisco con ella por la calle todavía oscura. Era la primera vez
que se subía a una ambulancia. La sirena no sonaba, qué extraño. A Camilo le
hubiera gustado estar allí, en su colección de autitos la ambulancia era la
preferida. Ahí estaba él, acompañando a su madre mientras pensaba en su hijo.
Su madre y su hijo. Cerró los ojos hasta que lo sorprendió el chirrido de una
frenada. Recién entonces juntó coraje para mirarla. Parecía dormida. La bajaron
con brusquedad. Vio como la cabeza le retumbaba sobre la almohada. Luego la
metieron atada, en un tubo que comenzó a girar. Por favor, mamá, no te
despiertes. A la tarde le dieron los
resultados. Un cerebro acorde a su edad. El hemograma perfecto, el pulso
parejo, la respiración, ya sin oxígeno, normal. Nada de que preocuparse. Que
los médicos dijeran lo que quisieran: su madre se estaba muriendo. Y él sabía
que no la iba a poder acompañar.
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