Llegó y sin posibilidad de contener las preguntas de
los chicos, se dio una ducha y se acostó. Despertó, horas después, empapado.
Fue hasta el baño y vomitó. Se acostó nuevamente. Valeria le acercó una
buscapina y un termómetro. Treinta y nueve. Sin embargo, amaneció sin fiebre. Vamos a dar una vuelta te va a hacer
bien distraerte. Con qué fuerzas. Valeria salió con los chicos. Al
anochecer, cuando regresaron, él seguía en la cama.
Tuvo que levantarse y enfrentar de nuevo
obligaciones y rutinas. Todo agravado por el descalabro provocado por los días
de hospital. En el estudio los problemas lo esperaban en fila y los chicos,
como respuesta al primer abandono al que los había sometido, todavía más
demandantes que de costumbre. Se sentía fagocitado. Todos intentaban
acompañarlo pero él no se animaba a confesarles que lo agobiaban. Precisaba
estar solo. Revivir sus últimos instantes de hijo. Como si solo así pudiera
prolongar la vida de su madre unos instantes más. Porque ya lo había
experimentado con su padre: cada minuto que transcurría iba borrando, lenta
pero inexorablemente, las huellas. Y el olor de la ropa se iba diluyendo, el
recuerdo del sonido de la voz se iba opacando. Hasta que, en un proceso que
quizá demandara años, los últimos átomos de un muerto desaparecían el primer
día transcurrido sin que nadie, aunque fuese durante la milésima de un segundo,
lo recordara. Por omisión, cómplice uno de la muerte.
Después de dejar a los chicos en el colegio, tras
días de postergaciones, se dirigió al departamento. Subió hasta el cuarto piso y
tocó tres timbres. Durante unos segundos quedó inmóvil esperando los pasos
desparejos, el ruido de la mirilla. Avergonzado, miró a su alrededor. Buscó en
el bolsillo la llave que su madre había marcado con esmalte de uñas. Un
corazoncito rojo. Desde abajo de la puerta lo asaltaron multitud de papeles
amenazantes y antes de agacharse supo que serían los dueños de muchas de sus
horas. Impuestos, expensas, reuniones de consorcio, notas del sifonero. Por
suerte las persianas habían quedado levantadas y se colaba el sol. Sin sacarse la campera, se
desplomó sobre un sillón, añorando la sonrisa con que se iluminaba el rostro de
su madre cuando lo veía llegar. Se reclinó sobre el respaldo. Acudió a su boca
el sabor del infaltable té con que ella
intentaba agasajarlo. Agua pura en porcelana. Por qué nunca te pedí que lo hicieras más cargado. Francisco se
tocó las mejillas sorprendido: él jamás lloraba. Las lágrimas se fueron transformando
en sollozos, que lo sacudieron, haciéndolo temblar.
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