viernes, 22 de enero de 2016

8

Llegó y sin posibilidad de contener las preguntas de los chicos, se dio una ducha y se acostó. Despertó, horas después, empapado. Fue hasta el baño y vomitó. Se acostó nuevamente. Valeria le acercó una buscapina y un termómetro. Treinta y nueve. Sin embargo, amaneció sin fiebre. Vamos a dar una vuelta te va a hacer bien distraerte. Con qué fuerzas. Valeria salió con los chicos. Al anochecer, cuando regresaron, él seguía en la cama.                                                 

Tuvo que levantarse y enfrentar de nuevo obligaciones y rutinas. Todo agravado por el descalabro provocado por los días de hospital. En el estudio los problemas lo esperaban en fila y los chicos, como respuesta al primer abandono al que los había sometido, todavía más demandantes que de costumbre. Se sentía fagocitado. Todos intentaban acompañarlo pero él no se animaba a confesarles que lo agobiaban. Precisaba estar solo. Revivir sus últimos instantes de hijo. Como si solo así pudiera prolongar la vida de su madre unos instantes más. Porque ya lo había experimentado con su padre: cada minuto que transcurría iba borrando, lenta pero inexorablemente, las huellas. Y el olor de la ropa se iba diluyendo, el recuerdo del sonido de la voz se iba opacando. Hasta que, en un proceso que quizá demandara años, los últimos átomos de un muerto desaparecían el primer día transcurrido sin que nadie, aunque fuese durante la milésima de un segundo, lo recordara. Por omisión, cómplice uno de la muerte.

Después de dejar a los chicos en el colegio, tras días de postergaciones, se dirigió al departamento. Subió hasta el cuarto piso y tocó tres timbres. Durante unos segundos quedó inmóvil esperando los pasos desparejos, el ruido de la mirilla. Avergonzado, miró a su alrededor. Buscó en el bolsillo la llave que su madre había marcado con esmalte de uñas. Un corazoncito rojo. Desde abajo de la puerta lo asaltaron multitud de papeles amenazantes y antes de agacharse supo que serían los dueños de muchas de sus horas. Impuestos, expensas, reuniones de consorcio, notas del sifonero. Por suerte las persianas habían quedado levantadas y  se colaba el sol. Sin sacarse la campera, se desplomó sobre un sillón, añorando la sonrisa con que se iluminaba el rostro de su madre cuando lo veía llegar. Se reclinó sobre el respaldo. Acudió a su boca el sabor del infaltable té con que  ella intentaba agasajarlo. Agua pura en porcelana. Por qué nunca te pedí que lo hicieras más cargado. Francisco se tocó las mejillas sorprendido: él jamás lloraba. Las lágrimas se fueron transformando en sollozos, que lo sacudieron, haciéndolo temblar. 

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