lunes, 11 de enero de 2016

3

Acercó al oído su reloj. La pila no se había detenido, lo que estaba detenido era el tiempo. Miró a su alrededor. A pesar del trajinar de médicos y enfermeras, estaba solo. Le dolía el alma, ontológico término que lo remitía, casi con exclusividad, a los labios de su madre. ¿Era el alma ese hueco delimitado por las costillas transformado, ahora, en un punto de dolor? Y no era la misma categoría de dolor que recorría su columna, sus huesos todos. Al cerrar los ojos sus otros sentidos se exacerbaron y el rodar de las camillas se transformó en estruendo, el olor a sopa y a desinfectante en provocación. Volvió a abrirlos. Tomó de pronto conciencia de lo absurdo de la situación. Estaba sentado esperando que muriera su madre. Sentado en el duro banco del pasillo porque tenía la certeza de que si ella intentaba de nuevo hablarle el sistema nervioso de él iba a estallar. Logró serenarse. Quizá los médicos tenían razón y era él el loco. Sí, seguramente era así y no había nada que esperar. Entraría a buscar sus cosas. Empujó la puerta con cuidado y, conteniendo el aliento, de puntillas, se acercó a la cama. Su madre parecía estar esperándolo porque en cuanto lo percibió abrió los ojos, movió los labios y, cuando Francisco estaba a punto de escapar, la madre, con los ojos abiertos, mirándolo, dejó de respirar. 

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