miércoles, 27 de enero de 2016

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Mientras cenaban Luciana comentó la manzana me ayudó. Camilo acotó una fruta es una cosa, no puede ayudarte. Valeria salió al cruce a mí fue una pera quien me ayudó. Mujer e hijos trenzados en una fragorosa competencia verbal sobre la molestia de los dientes flojos, los métodos para lograr que se cayeran, el caudal de la sangre, el monto de las compensaciones. Francisco, suspendido, se escrutaba. Presionó la lengua contra los incisivos, pero lo único que encontró fue resistencia. Su lengua solo registraba resistencias, virgen de otras sensaciones. Los envidió. Luciana, reafirmada, preguntó y a vos, papi, ¿alguna  fruta te ayudó?

Intentó leer pero no pudo concentrarse. Una molestia difusa le recorría el cuerpo. Apagó la luz, y se acomodó de cara a la pared. Valeria entró al cuarto, a oscuras, y se acostó a su lado. Segundos después Francisco reconoció en la espalda los pechos de su mujer, rodillas calzándose en el hueco de las propias, una mano rodeándole la cintura. Pudo percibir su morbidez, su tibieza. Morbidez y tibieza que tenían el poder rotundo de provocarle una inmediata erección. Cualquiera otra noche. Porque esa, en lugar de girar y comenzar con la fase dos del rito, Francisco intentó regular el ritmo de la respiración. Lisa y llanamente, no encontró mejor remedio que hacerse el dormido.


Iba tan ensimismado que no tuvo reflejos suficientes para evitar el impacto. El suelo quedó tapizado de hojas que aunque no eran suyas se agachó a recoger. Momento en que se encontró con su obstáculo humano que se había agachado con idénticas intenciones. Recién entonces se miraron. 

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