Mientras cenaban Luciana comentó la manzana me
ayudó. Camilo acotó una fruta es una cosa, no puede ayudarte. Valeria
salió al cruce a mí fue una pera quien me ayudó. Mujer e hijos trenzados
en una fragorosa competencia verbal sobre la molestia de los dientes flojos,
los métodos para lograr que se cayeran, el caudal de la sangre, el monto de las
compensaciones. Francisco, suspendido, se escrutaba. Presionó la lengua contra
los incisivos, pero lo único que encontró fue resistencia. Su lengua solo
registraba resistencias, virgen de otras sensaciones. Los envidió. Luciana,
reafirmada, preguntó y a vos, papi, ¿alguna fruta te ayudó?
Intentó leer pero no pudo concentrarse. Una molestia
difusa le recorría el cuerpo. Apagó la luz, y se acomodó de cara a la pared.
Valeria entró al cuarto, a oscuras, y se acostó a su lado. Segundos después
Francisco reconoció en la espalda los pechos de su mujer, rodillas calzándose
en el hueco de las propias, una mano rodeándole la cintura. Pudo percibir su
morbidez, su tibieza. Morbidez y tibieza que tenían el poder rotundo de
provocarle una inmediata erección. Cualquiera otra noche. Porque esa, en lugar
de girar y comenzar con la fase dos del rito, Francisco intentó regular el
ritmo de la respiración. Lisa y llanamente, no encontró mejor remedio que
hacerse el dormido.
Iba tan ensimismado que no tuvo reflejos suficientes
para evitar el impacto. El suelo quedó tapizado de hojas que aunque no eran
suyas se agachó a recoger. Momento en que se encontró con su obstáculo humano que
se había agachado con idénticas intenciones. Recién entonces se miraron.
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