miércoles, 22 de junio de 2016

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Tu hermana te robó la mitad de la  infancia sentenció ella ¿Y vos me lo decís? Alicia tenía dieciocho años, vos tenés bastantes más, sos terapeuta  y tuve que convencerte de que no obligaras a tu hija a trabajar de adulta el rictus de Claudia lo detuvo. Francisco dijo perdoname, no quise hacerte daño e iba a tomarle las manos cuando por primera vez temió que los vieran y revirtió su movimiento agarrando un sobre de azúcar. Quedaron un largo rato en silencio. Estamos discutiendo por mi hermana y por su hija pensó Francisco, mientras destrozaba el papel y como nunca midió el peligro Claudia, qué vamos a hacer. Ella contestó yo seguir queriéndote mientras me lo permitas hizo una pausa creo que la pregunta es otra continuó ¿qué vas a hacer vos? Él fue un cuchillo intentar dejarte ella abrió los ojos pero cuando te tengo cerca como ahora, no estoy muy seguro de poder lograrlo, confío en que el regreso de Valeria me de fuerzas. Ella, el aplomo que la constituía volando por el aire, lo increpó ¿qué pretendés?, ¿que te facilite los trámites y que me aleje para evitarte tentaciones? la voz ahogando el grito te estoy diciendo que te quiero y me contás tus planes como si me estuvieras hablando de cambiar el tapizado del auto, te desconozco, vos, el sensible, el pendiente de los sentimientos de los otros, ¿qué te creés que soy? ¿una muñeca de plástico? Francisco está azorado Claudia, por favor, tranquilizáte, todo esto me duele tanto como a vos. Ella baja el nivel de la voz, tensa como un nudo, con la gran diferencia de que sos vos el que tiene que tomar las decisiones, y yo, aunque me parta, no tendré más remedio que aceptarlas. Francisco, acodado en la mesa, se tapa los ojos con las manos no puedo creer que esto me esté pasando a mí. Ella pierde de nuevo el control ¿por qué no?, sos tan humano como el resto de los mortales, bajáte del podio de una vez. Él, girando los índices, se descubre la cara, trata de apaciguarla no quiero hacerte daño, ni a vos ni a mi mujer ni a mis hijos, pero no sé cómo. Ella es implacable Francisco, ya no sos el nene que ante el terror de conocer sus propias necesidades se defendió vomitando, hablás del daño que podés producirnos pero ¿qué pasa con vos? Él está desesperado no tengo salida, haga lo que haga seré desgraciado se mesa el cabello maldito el momento en que volvimos a vernos. Claudia se levanta violentamente ya sabés donde encontrarme. Francisco se aferra a la silla. Con éxito, porque no la seguirá.

Llegó al estudio trastornado. Encontró sobre su escritorio un papel con los datos que había tomado sobre Delia. Por hacer algo que apartara su mente de Claudia y de Valeria, la llamó

Se encontró frente a la puerta de esa casa que permanecía idéntica, suspendida en el tiempo, a pesar de que no estaba su madre para tocar el timbre mientras él sostenía el paquete con las masitas secas. Trató de sosegar la respiración y oprimió el botón. Bastante después se acercaron unos pasos desparejos. Pobrecita mi mamá. La sonrisa que se asomó por la puerta entreabierta lo recuperó del costo anímico de su resolución. Qué alegría verte por aquí. Entraron y Delia le ofreció un té. Se dirigió a la cocina mientras él contemplaba la sala. Los sillones tapizados en seda, la luz apenas entrando por las cortinas de macramé, olor a naftalina, a encierro, a polvo. Sobre el piano un camino de crochet y encima, entre infinitas estatuitas de marfil, un gato. Eternidades después, Delia regresó con dos tazas de porcelana y el platito chino con escones sobre la bandeja tambaleante, No sabés cuánto me falta tu madre. Terminado el segundo scon Francisco la encaró ¿te puedo hacer unas preguntas?

¿Otro té? ofreció Delia y Francisco miró su reloj, 16.45. ¿La podemos seguir otra tarde? preguntó. Ya en el auto, su cabeza trabajaba a mil. Por fin lograba entender a sus hermanos. Justificar la dureza de Alicia, su presunta frialdad. Quizás el único modo que había encontrado para contrarrestar la salvaje manera en que su madre la había involucrado en los conflictos conyugales, instituyéndola en consejera sentimental a los quince años. Casi obsceno contemplar a su madre desde una óptica tan distinta.  Como esposa avasallada, como amante capaz de anteponer la pasión al riesgo de perder el vínculo con sus hijos. ¿Valeria sufriría tanto como mi mamá si yo me fuera? pensó Francisco frente a un semáforo. Los años corrían, las generaciones se sucedían pero las pasiones de los hombres seguían siendo las mismas más allá de que ahora los mails amenazaban con aniquilar a  las cartas. Llegó justo a tiempo. Luciana se acercó  al auto saltando en un pie y Camilo enarbolando el diez de una prueba. Cuando abrió la puerta de su casa Tobi apareció corriendo. La rutina seguía existiendo pese a todo. Dejó a los chicos con Carmen y fue al estudio. Los ojos de su secretaria eran un reproche mudo, hacía tiempo que estaba descuidando el trabajo. Se sentó frente a la computadora.  Mi querido. Anoche no pude dormir. Desfilaron ante mí todos y cada uno de los riesgos; temí que Camilo se cayera de la bicicleta, Luciana de los patines, Tobi de la sillita, que chocaras con el auto, que se enfermaran, que nos robaran, que la casa se incendiara. Parecía el catálogo de una compañía de seguros. A la mañana llamé a casa y Carmen me tranquilizó. Hablé con Tobi y escuchar los progresos de su lenguaje me alegró tanto como me entristeció, me lo estoy perdiendo. La distancia me sirvió para valorar aun más todo lo que tenemos. Me planteo porque mis sobrinos no pueden gozar de la misma estabilidad que nuestros hijos. Hemos sido muy afortunados, tanto que por momentos temo que la suerte se invierta. Entonces pienso y se me ocurren miles de locuras, hasta que pueda cruzarse otra mujer. No quiero estar lejos ni un minuto más. Hoy hablé con Alejandra, le conté lo que me estaba pasando, le pregunté si se animaba a arreglarse sin mí. Adelantaré el regreso. Quedaron en confirmarme un vuelo para el próximo martes. Me muero por verte. Todos los besos de los que soy capaz y más. Esperáme. Ya voy. Ya estoy. Miró el reloj y buscó el teléfono. ¿Seguís tan enojada como para rechazarme un café? La risa fresca de Claudia yo, por principio, jamás rechazó un café. Francisco apagó la computadora e informó Marcela, salgo por un rato.  ¿Otra vez?, la señora de Méndez Paz llamó tres veces. Francisco dijo tendrá que llamar cuatro  y se apresuró para que no le pidieran explicaciones.


La encontró recostada contra el vidrio. Parecía agotada. Sin embargo, en cuanto lo vio, desplegó su mejor sonrisa. Valeria vuelve el martes dijo Francisco mientras se sentaba.  El rostro de ella se desarmó .

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