Tu hermana te robó la mitad de la infancia sentenció ella ¿Y vos me lo decís? Alicia tenía dieciocho años, vos
tenés bastantes más, sos terapeuta y
tuve que convencerte de que no obligaras a tu hija a trabajar de adulta el
rictus de Claudia lo detuvo. Francisco dijo perdoname, no quise hacerte daño
e iba a tomarle las manos cuando por primera vez temió que
los vieran y revirtió su movimiento agarrando un sobre de azúcar. Quedaron
un largo rato en silencio. Estamos discutiendo por mi hermana y por su hija pensó Francisco, mientras destrozaba
el papel y como nunca midió el peligro Claudia, qué vamos a hacer. Ella
contestó yo seguir queriéndote mientras me lo permitas hizo una pausa creo
que la pregunta es otra continuó ¿qué vas a hacer vos? Él fue un cuchillo intentar
dejarte ella abrió los ojos pero cuando te tengo cerca como ahora, no
estoy muy seguro de poder lograrlo, confío en que el regreso de Valeria me de
fuerzas. Ella, el aplomo que la constituía volando por el aire, lo increpó
¿qué pretendés?, ¿que te facilite los trámites y que me aleje para evitarte
tentaciones? la voz ahogando el grito te estoy diciendo que te quiero y
me contás tus planes como si me estuvieras hablando de cambiar el tapizado del
auto, te desconozco, vos, el sensible, el pendiente de los sentimientos de los
otros, ¿qué te creés que soy? ¿una muñeca de plástico? Francisco está
azorado Claudia, por favor, tranquilizáte, todo esto me duele tanto como a
vos. Ella baja el nivel de la voz, tensa como un nudo, con la gran
diferencia de que sos vos el que tiene que tomar las decisiones, y yo, aunque
me parta, no tendré más remedio que aceptarlas. Francisco, acodado en la
mesa, se tapa los ojos con las manos no puedo creer que esto me esté pasando
a mí. Ella pierde de nuevo el control ¿por qué no?, sos tan humano como
el resto de los mortales, bajáte del podio de una vez. Él, girando los
índices, se descubre la cara, trata de apaciguarla no quiero hacerte daño,
ni a vos ni a mi mujer ni a mis hijos, pero no sé cómo. Ella es implacable Francisco,
ya no sos el nene que ante el terror de conocer sus propias necesidades se
defendió vomitando, hablás del daño que podés producirnos pero ¿qué pasa con
vos? Él está desesperado no tengo salida, haga lo que haga seré
desgraciado se mesa el cabello
maldito el momento en que volvimos a vernos. Claudia se levanta
violentamente ya sabés donde encontrarme. Francisco se aferra a la
silla. Con éxito, porque no la seguirá.
Llegó al estudio trastornado. Encontró sobre su
escritorio un papel con los datos que había tomado sobre Delia. Por hacer algo
que apartara su mente de Claudia y de Valeria, la llamó
Se encontró frente a la puerta de esa casa que permanecía
idéntica, suspendida en el tiempo, a pesar de que no estaba su madre para tocar
el timbre mientras él sostenía el paquete con las masitas secas. Trató de
sosegar la respiración y oprimió el botón. Bastante después se acercaron unos
pasos desparejos. Pobrecita mi mamá.
La sonrisa que se asomó por la puerta entreabierta lo recuperó del costo
anímico de su resolución. Qué alegría verte por aquí. Entraron y Delia
le ofreció un té. Se dirigió a la cocina mientras él contemplaba la sala. Los sillones tapizados en seda, la
luz apenas entrando por las cortinas de macramé, olor a naftalina, a encierro,
a polvo. Sobre el piano un camino de crochet y encima, entre infinitas
estatuitas de marfil, un gato. Eternidades después, Delia regresó con dos tazas
de porcelana y el platito chino con escones sobre la bandeja tambaleante, No
sabés cuánto me falta tu madre. Terminado
el segundo scon Francisco la encaró ¿te puedo hacer
unas preguntas?
¿Otro té? ofreció Delia y Francisco miró su reloj, 16.45. ¿La podemos seguir
otra tarde? preguntó. Ya en el auto, su cabeza trabajaba a mil. Por
fin lograba entender a sus hermanos. Justificar la dureza de Alicia, su
presunta frialdad. Quizás el único modo que había encontrado para contrarrestar
la salvaje manera en que su madre la había involucrado en los conflictos
conyugales, instituyéndola en consejera sentimental a los quince años. Casi
obsceno contemplar a su madre desde una óptica tan distinta. Como esposa avasallada, como amante capaz de
anteponer la pasión al riesgo de perder el vínculo con sus hijos. ¿Valeria sufriría tanto como mi mamá si yo me fuera? pensó Francisco frente
a un semáforo. Los años corrían, las generaciones se sucedían pero las pasiones
de los hombres seguían siendo las mismas más allá de que ahora los mails amenazaban
con aniquilar a las cartas. Llegó justo
a tiempo. Luciana se acercó al auto
saltando en un pie y Camilo enarbolando el diez de una prueba. Cuando abrió la
puerta de su casa Tobi apareció corriendo. La rutina seguía existiendo pese a
todo. Dejó a los chicos con Carmen y fue al estudio. Los ojos de su secretaria
eran un reproche mudo, hacía tiempo que estaba descuidando el trabajo. Se sentó
frente a la computadora. Mi querido.
Anoche no pude dormir. Desfilaron ante mí todos y cada uno de los riesgos; temí
que Camilo se cayera de la bicicleta, Luciana de los patines, Tobi de la
sillita, que chocaras con el auto, que se enfermaran, que nos robaran, que la
casa se incendiara. Parecía el catálogo de una compañía de seguros. A la mañana
llamé a casa y Carmen me tranquilizó. Hablé con Tobi y escuchar los progresos
de su lenguaje me alegró tanto como me entristeció, me lo estoy perdiendo. La distancia
me sirvió para valorar aun más todo lo que tenemos. Me planteo porque mis
sobrinos no pueden gozar de la misma estabilidad que nuestros hijos. Hemos sido
muy afortunados, tanto que por momentos temo que la suerte se invierta.
Entonces pienso y se me ocurren miles de locuras, hasta que pueda cruzarse otra
mujer. No quiero estar lejos ni un minuto más. Hoy hablé con Alejandra, le
conté lo que me estaba pasando, le pregunté si se animaba a arreglarse sin mí.
Adelantaré el regreso. Quedaron en confirmarme un vuelo para el próximo martes.
Me muero por verte. Todos los besos de los que soy capaz y más. Esperáme. Ya
voy. Ya estoy. Miró el reloj y buscó el teléfono. ¿Seguís tan enojada
como para rechazarme un café? La risa fresca de Claudia yo, por
principio, jamás rechazó un café. Francisco apagó la computadora e informó Marcela,
salgo por un rato. ¿Otra vez?, la
señora de Méndez Paz llamó tres veces. Francisco dijo tendrá que llamar
cuatro y se apresuró para que no le
pidieran explicaciones.
La encontró recostada contra el vidrio. Parecía
agotada. Sin embargo, en cuanto lo vio, desplegó su mejor sonrisa. Valeria
vuelve el martes dijo Francisco mientras se sentaba. El rostro de ella se desarmó .
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