Una hora después consiguió que los chicos,
protestando, se acostaran. Francisco, después de una ducha, se dirigió a su
cuarto. Cerró la puerta. Había quedado en comunicarse y no tenía ganas. El
llamado de Claudia lo había fastidiado. Cada vez eran más las cosas que
escapaban de su control. Los cinco juntos había dicho Camilo. Solo de él
dependía. Se tiró en la cama y discó.
Arquitecto, teléfono. La madre de Carmen se había descompuesto y
necesitaba irse. Tobi durmiendo la siesta. Dio un par de indicaciones a una
Marcela que lo miraba con cara de disgusto y partió para su casa. Tendría que
suspender el encuentro con Claudia. Carmen lo esperaba con la cartera colgada. Cuándo
volverá Valeria se encontró pensando Francisco. Buscó el teléfono. Claudia
no estaba ni en su casa ni en el estudio ni atendía el móvil. Miró el reloj:
las dos y cuarto. Insistió cada cinco minutos. Inútil. Acarició la cabecita de
Tobi que, ante el contacto, abrió los ojos, sonriendo. Lo alzó, lo llevó al
baño, le lavó la cara y lo vistió a las apuradas. Antes de partir insistió con
el teléfono sin resultado. Cuando metió al nene en el asientito del auto se le atrancó
una pierna. Francisco forcejeó con impaciencia pese a las quejas de Tobi.
Arrancó sin calentar siquiera el motor y manejó demasiado rápido. Estacionó.
Con el nene cargado recorrió las mesas. Claudia todavía no había llegado.
Salió. Para entretenerlo le compró un helado que Tobi empezó a lamer muy
contento, parado en la vereda. Francisco transpiraba. Cinco minutos después de lo pactado la vio
acercarse, sonriendo, sonrisa que se esfumó en cuanto descubrió al nene. Carmen
tuvo que irse, no pude avisarte se justificó él, momento en el que Tobi
apartó la vista de su helado y la miró. Ella estiró la mano para acariciarle el cabello pero congeló el
gesto. Hablamos luego dijo, giró sobre sí misma y se alejó. ¡Claudia!
la llamó venciendo a duras penas el impulso de seguirla. Ella se dio
vuelta, levantó una mano y le sonrió. Luego siguió caminando. Francisco podía
escuchar el retumbe entre sus costillas. Miró a Tobi: era una sola mancha. Sacó
un pañuelo de su bolsillo y lo limpió como pudo. Caminó con el nene cargado
hasta el coche mientras pensaba qué decirle pero como no se le ocurrió nada
obvió la explicación. Lo acomodó en el auto. Cuando estaban por llegar a su
casa, Francisco se percató de que ya era el horario de la escuela. En el primer
semáforo rectificó el rumbo. Con el coche en doble fila los vio salir. Primero
Luciana, las trenzas rubias torcidas; después Camilo, las rodillas sucias,
revoleando la mochila. Subieron al auto a los empujones. Y a este, ¿qué le
pasó? preguntó Luciana con la nariz junto a las manchas son de
chocolate, ¿qué le compraste? Francisco se encontró agradeciendo el mutismo
de Tobi que tanto lo preocupaba lo llevé a tomar un helado. ¿Adónde? A Japón
contestó
porque odiaba mentir. Yo también quiero aprovechó Luciana la volada. A
vos te llevaré a China puso el auto en marcha preparando los motores,
despegando, listo, ya. Yo quiero un cucurucho bañado se anotó
Camilo. De cocholate agregó Tobi. El corazón de Francisco dio un vuelco.
Papi, te equivocaste comentó Luciana un par de cuadras después con
esta remera hace conjunto el pantalón de cuadritos. Horacio tenía razón, las nenas no existían. Desde la cuna,
mujeres en miniatura.
Abrió la puerta y los chicos entraron,
empujándose. La luz del atardecer se colaba por las ventanas. Se encontró
mirando su casa, palpándola como si no la conociera. Había elegido cada mueble,
cada adorno, cada almohadón, cada color como si de su acierto dependiera la
felicidad de la familia. Desde el jardín llegaron los ladridos de Pepe. No
faltaba nada, casi un estereotipo. Levantó del piso la campera de Camilo y miró
el contestador. Titilaba. Señor, mi mamá está mejor, no se preocupe que
mañana a las siete estoy por allí. Francisco, habla Horacio, hace días que
intento comunicarme, ¿qué te pasa que andás tan perdido? Nunca los
encuentro, ¿por dónde andan picarones?; los quiero y los extraño mucho;
llámenme. Yo disco declaró la nena tirando la mochila y
precipitándose sobre el tubo ya me sé el número. Francisco fue al
dormitorio a sacarse los zapatos. Luciana, desde abajo, lo reclamó ¿dónde te
metiste?, mamá quiere hablar con vos. Bajó la escalera descalzo, no tenía
más remedio que atender. Hola, mi amor, ¿cómo estás? inició la
conversación. Al rato decía quedate tranquila nos arreglamos lo más bien pero sobre el pucho consideró necesario
agregar ojo que igual nos hacés falta. Cortó y se sentó en
el sofá, transpiraba. Después nos decís a nosotros lo retó la nena
señalándole los pies ¡este papá! Luego
de unos instantes apareció Tobi ofreciéndole las pantuflas en silencio.
Él lo alzó, y mientras le mordía la panza y lo tiraba por el aire, pensó que
tendría que llamarlo a Horacio. Pero qué contarle. Sí que hacía falta que Valeria volviera. Antes
de que fuera demasiado tarde. Las carcajadas de Tobi.
Se acostó, extenuado. Sin embargo, los ojos
cerrados le devolvieron la imagen de Tobi parado en la vereda, el helado
chorreándole. La situación se le estaba escapando de las manos. Había sido una
ingenuidad pensar que el regreso de los chicos iba a darle fuerzas para
alejarse de ella. Como no quería seguir pensando encendió la luz y buscó la
novela que dormía en su mesa de luz. Para acomodarse mejor, agarró el almohadón
de Valeria y se lo colocó bajo la nuca. Evidentemente el olfato se le había
exacerbado porque reconoció el olor de su mujer. Fresco, liviano, natural, tan
distinto del de Claudia. Opuestas y complementarias. Bien le vendría a cada
una, una pizca de la otra. Después de un par de páginas que no atravesaron
su epidermis, apagó la luz. Y aunque para dormir le resultaba un poco molesto,
retuvo el almohadón. Su aroma se la entregó. Serena, ecuánime, mano de hierro
con suavidad de gato. Antídoto de las pesadillas, bálsamo del dolor de muelas,
paño frío para cualquier desesperación. No podría haber elegido mejor madre
para sus hijos. La añoró. Cerró los ojos y hundió la nariz en el almohadón.
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