viernes, 3 de junio de 2016

64

Una hora después consiguió que los chicos, protestando, se acostaran. Francisco, después de una ducha, se dirigió a su cuarto. Cerró la puerta. Había quedado en comunicarse y no tenía ganas. El llamado de Claudia lo había fastidiado. Cada vez eran más las cosas que escapaban de su control. Los cinco juntos había dicho Camilo. Solo de él dependía.  Se tiró en la cama y discó.

Arquitecto, teléfono. La madre de Carmen se había descompuesto y necesitaba irse. Tobi durmiendo la siesta. Dio un par de indicaciones a una Marcela que lo miraba con cara de disgusto y partió para su casa. Tendría que suspender el encuentro con Claudia. Carmen lo esperaba con la cartera colgada. Cuándo volverá Valeria se encontró pensando Francisco. Buscó el teléfono. Claudia no estaba ni en su casa ni en el estudio ni atendía el móvil. Miró el reloj: las dos y cuarto. Insistió cada cinco minutos. Inútil. Acarició la cabecita de Tobi que, ante el contacto, abrió los ojos, sonriendo. Lo alzó, lo llevó al baño, le lavó la cara y lo vistió a las apuradas. Antes de partir insistió con el teléfono sin resultado. Cuando metió al nene en el asientito del auto se le atrancó una pierna. Francisco forcejeó con impaciencia pese a las quejas de Tobi. Arrancó sin calentar siquiera el motor y manejó demasiado rápido. Estacionó. Con el nene cargado recorrió las mesas. Claudia todavía no había llegado. Salió. Para entretenerlo le compró un helado que Tobi empezó a lamer muy contento, parado en la vereda. Francisco transpiraba.  Cinco minutos después de lo pactado la vio acercarse, sonriendo, sonrisa que se esfumó en cuanto descubrió al nene. Carmen tuvo que irse, no pude avisarte se justificó él, momento en el que Tobi apartó la vista de su helado y la miró. Ella estiró la mano para acariciarle el cabello pero congeló el gesto. Hablamos luego dijo, giró sobre sí misma y se alejó. ¡Claudia! la llamó venciendo a duras penas el impulso de seguirla. Ella se dio vuelta, levantó una mano y le sonrió. Luego siguió caminando. Francisco podía escuchar el retumbe entre sus costillas. Miró a Tobi: era una sola mancha. Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo limpió como pudo. Caminó con el nene cargado hasta el coche mientras pensaba qué decirle pero como no se le ocurrió nada obvió la explicación. Lo acomodó en el auto. Cuando estaban por llegar a su casa, Francisco se percató de que ya era el horario de la escuela. En el primer semáforo rectificó el rumbo. Con el coche en doble fila los vio salir. Primero Luciana, las trenzas rubias torcidas; después Camilo, las rodillas sucias, revoleando la mochila. Subieron al auto a los empujones. Y a este, ¿qué le pasó? preguntó Luciana con la nariz junto a las manchas son de chocolate, ¿qué le compraste? Francisco se encontró agradeciendo el mutismo de Tobi que tanto lo preocupaba lo llevé a tomar un helado. ¿Adónde? A Japón  contestó porque odiaba mentir. Yo también quiero aprovechó Luciana la volada. A vos te llevaré a China puso el auto en marcha preparando los motores, despegando, listo, ya. Yo quiero un cucurucho bañado se anotó Camilo. De cocholate agregó Tobi. El corazón de Francisco dio un vuelco. Papi, te equivocaste comentó Luciana un par de cuadras después con esta remera hace conjunto el pantalón de cuadritos. Horacio tenía razón, las nenas no existían. Desde la cuna, mujeres en miniatura.

Abrió la puerta y los chicos entraron, empujándose. La luz del atardecer se colaba por las ventanas. Se encontró mirando su casa, palpándola como si no la conociera. Había elegido cada mueble, cada adorno, cada almohadón, cada color como si de su acierto dependiera la felicidad de la familia. Desde el jardín llegaron los ladridos de Pepe. No faltaba  nada, casi un estereotipo.  Levantó del piso la campera de Camilo y miró el contestador. Titilaba. Señor, mi mamá está mejor, no se preocupe que mañana a las siete estoy por allí. Francisco, habla Horacio, hace días que intento comunicarme, ¿qué te pasa que andás tan perdido? Nunca los encuentro, ¿por dónde andan picarones?; los quiero y los extraño mucho; llámenme. Yo disco declaró la nena tirando la mochila y precipitándose sobre el tubo ya me sé el número. Francisco fue al dormitorio a sacarse los zapatos. Luciana, desde abajo, lo reclamó ¿dónde te metiste?, mamá quiere hablar con vos. Bajó la escalera descalzo, no tenía más remedio que atender. Hola, mi amor, ¿cómo estás? inició la conversación.  Al rato decía quedate tranquila  nos arreglamos lo más bien pero sobre el pucho consideró necesario agregar ojo que igual nos hacés falta. Cortó y se sentó en el sofá, transpiraba. Después nos decís a nosotros lo retó la nena señalándole los pies ¡este papá! Luego de unos instantes apareció Tobi ofreciéndole las pantuflas en silencio. Él lo alzó, y mientras le mordía la panza y lo tiraba por el aire, pensó que tendría que llamarlo a Horacio. Pero qué contarle. Sí que hacía falta que Valeria volviera. Antes de que fuera demasiado tarde. Las carcajadas de Tobi.

Se acostó, extenuado. Sin embargo, los ojos cerrados le devolvieron la imagen de Tobi parado en la vereda, el helado chorreándole. La situación se le estaba escapando de las manos. Había sido una ingenuidad pensar que el regreso de los chicos iba a darle fuerzas para alejarse de ella. Como no quería seguir pensando encendió la luz y buscó la novela que dormía en su mesa de luz. Para acomodarse mejor, agarró el almohadón de Valeria y se lo colocó bajo la nuca. Evidentemente el olfato se le había exacerbado porque reconoció el olor de su mujer. Fresco, liviano, natural, tan distinto del de Claudia. Opuestas y complementarias. Bien le vendría a cada una, una pizca de la otra. Después de un par de páginas que no atravesaron su epidermis, apagó la luz. Y aunque para dormir le resultaba un poco molesto, retuvo el almohadón. Su aroma se la entregó. Serena, ecuánime, mano de hierro con suavidad de gato. Antídoto de las pesadillas, bálsamo del dolor de muelas, paño frío para cualquier desesperación. No podría haber elegido mejor madre para sus hijos. La añoró. Cerró los ojos y hundió la nariz en el almohadón.


No hay comentarios:

Publicar un comentario