Varias madres charlan junto a la mesa y cuando
terminamos de cantar que los cumplas feliz una me hace señas y yo me acerco y otra que es la
mamá de Enrique dice hace rato que no te veía
Francisco es cierto que tu mamá se volvió a casar y los ojos de todas
esas mujeres me agujerean y la boca se me reseca y la cara me arde y las manos
me sudan y asiento con la cabeza porque no está bien mentir entonces otra me
pregunta estás contento y yo levanto los hombros y por suerte alguien me avisa
Francisco te vinieron a buscar dice tu papá que bajes y yo digo permiso y
mientras me alejo escucho que una que es
gorda murmura pobrecito qué barbaridad y otra que es la mamá de Enrique dice
tan fuerte que todos se dan vuelta es una vergüenza una inmoralidad mi hijo no pisa esa casa
nunca más.
Francisco está yendo a buscar a Claudia con el
firme propósito de decirle que lo del nene fue un aviso, que ha decidido que
basta ya. Mientras espera el ascensor se pregunta si tendrá coraje y cuando
ella le abre la puerta y él siente su perfume piensa que ya que ha violado su
principio de fidelidad eterna, ya que su conciencia tanto lo hace sufrir, debe
al menos disfrutar el momento para que el hecho de haberse traicionado no sea,
además, inútil. Le lleva unos cuantos segundos convencerse de que todavía no. Cuando regrese Valeria. Todavía no. Ella
le da un beso en la mejilla y él le muerde la boca y el cuello y le sube la
pollera mientras ella lucha con el cierre de su pantalón. Ya desnudos,
totalmente desnudos, se dejan caer sobre el diván.
Encontró la mesa puesta. Llamó la señora
Valeria informó Carmen la carne está en el horno y la ensalada en la
heladera, si no me precisa ya me voy. Los chicos fueron llegando de a uno,
en piyama. Un vértigo de olor a jabón y a champú. Alzó a Tobi. Estoy muerto
de hambre dijo como siempre uno, yo te ayudo a cocinar la otra. Cenaron. Los chicos levantaron la mesa y él
lavó los platos. Consiguió que se cepillaran los dientes. Acostó a Tobi y le
leyó su cuento favorito, el del ratón feroz, pero cuando para apurar el
trámite, se salteó un renglón el nene hizo una rabieta y tuvieron que empezar
de nuevo. Esperó a que se durmiera y se preparó un té. Y no encontró más
postergaciones. Hablar con su mujer se había convertido en una tortura. Atendió
Valeria y él, en un acto reflejo, apretó la horquilla. Las manos le temblaban.
Segundos después sonaba el teléfono ¿Eras vos? Sí, se me cortó. ¿Cómo sigue
el nene? Como si nada, acaba de hacer uno de sus berrinches. ¿Luciana? Me tiene
marcando el paso, no te demores porque está dispuesta a reemplazarte. Cuando
Valeria rió Francisco sintió un sudor frío. ¿Pagaste la luz? preguntó
ella. Él cerró los ojos y contestó que sí. ¿Y la prepaga? Él informó aumentó
y, con los ojos cerrados, apretándose la boca del estómago, se obligó
a preguntar ¿cómo está tu hermana? Valeria, en medio del informe médico,
imprevistamente le preguntó ¿me extrañás? Cuando, un infinito
después, Francisco consiguió cortar, fue al baño, se arrodilló frente al
inodoro y vomitó.
Se había despertado nauseoso. Abrió el botiquín
y tomó una buscapina. Al único que no
podemos engañar es a ese señor que nos mira en el espejo cuando nos afeitamos decía
uno de sus profesores. Francisco, brocha en mano, se contempló. Ese que lo miraba era alguien que, aunque
aparentaba ser recién nacido, debía haber habitado en él, indocumentado, desde
siempre. Se supo ridículo además de culpable. Ridículo por su declaración de
principios. Falso de toda falsedad. Fácil jugarla de íntegro cuando en realidad
lo que le había faltado era una oportunidad. Recordó los sermones que le había
endilgado a Horacio cuando su enredo con
la secretaria. Sabés que la adoro a Adriana, esto es una travesura. Qué
diría su amigo si se enterara de que su inflexible juez había claudicado.
Recordó a Claudia cabalgándolo sobre el diván. Tuvo que cerrar los ojos. Los
abrió y desde el espejo, media cara enjabonada,
se miró mirándose y supo que tendría que seguir mirándose día a día.
Despertó a los chicos y les preparó el
desayuno. Cuando salieron ya se sentía mejor. Ante el colegio, los despidió con
su pórtense mal. Luciana se
bajó del auto y enfiló hacia la escuela pero, sorpresivamente, se dio vuelta
digo yo, ¿los grandes no se aburren de ser siempre buenos? Camilo, ya en la
vereda, miró al padre con complicidad, se mordió el labio, meneó la cabeza, y
revoleó los ojos. Después se acercó a su hermana y le empujó el hombro con el
puño. Entraron juntos. Reían.
Llegó al estudió y controló como siempre sus mails.
La señora de Iglesias de acuerdo a lo convenido le adjunto el plano de
lo preexistente. Horacio ya
no sé cómo localizarte. Valeria te mando unos bloopers de gatos para que
los chicos se rían un rato. Alicia aquí van los datos de Delia.
Claudia. Minutos después levanta el tubo del teléfono para comunicarse con la
señora de Iglesias pero luego del primer
número cambiará de opinión. ¿Los grandes no se aburren de ser siempre
buenos?
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