miércoles, 15 de junio de 2016

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Varias madres charlan junto a la mesa y cuando terminamos de cantar que los cumplas feliz una  me hace señas y yo me acerco y otra que es la mamá de Enrique dice hace rato que no te veía  Francisco es cierto que tu mamá se volvió a casar y los ojos de todas esas mujeres me agujerean y la boca se me reseca y la cara me arde y las manos me sudan y asiento con la cabeza porque no está bien mentir entonces otra me pregunta estás contento y yo levanto los hombros y por suerte alguien me avisa Francisco te vinieron a buscar dice tu papá que bajes y yo digo permiso y mientras me alejo escucho que una  que es gorda murmura pobrecito qué barbaridad y otra que es la mamá de Enrique dice tan fuerte que todos se dan vuelta es una vergüenza  una inmoralidad mi hijo no pisa esa casa nunca más.

Francisco está yendo a buscar a Claudia con el firme propósito de decirle que lo del nene fue un aviso, que ha decidido que basta ya. Mientras espera el ascensor se pregunta si tendrá coraje y cuando ella le abre la puerta y él siente su perfume piensa que ya que ha violado su principio de fidelidad eterna, ya que su conciencia tanto lo hace sufrir, debe al menos disfrutar el momento para que el hecho de haberse traicionado no sea, además, inútil. Le lleva unos cuantos segundos convencerse de que todavía no. Cuando regrese Valeria. Todavía no. Ella le da un beso en la mejilla y él le muerde la boca y el cuello y le sube la pollera mientras ella lucha con el cierre de su pantalón. Ya desnudos, totalmente desnudos, se dejan caer sobre el diván.

Encontró la mesa puesta. Llamó la señora Valeria informó Carmen la carne está en el horno y la ensalada en la heladera, si no me precisa ya me voy. Los chicos fueron llegando de a uno, en piyama. Un vértigo de olor a jabón y a champú. Alzó a Tobi. Estoy muerto de hambre dijo como siempre uno, yo te ayudo a cocinar la otra. Cenaron. Los chicos levantaron la mesa y él lavó los platos. Consiguió que se cepillaran los dientes. Acostó a Tobi y le leyó su cuento favorito, el del ratón feroz, pero cuando para apurar el trámite, se salteó un renglón el nene hizo una rabieta y tuvieron que empezar de nuevo. Esperó a que se durmiera y se preparó un té. Y no encontró más postergaciones. Hablar con su mujer se había convertido en una tortura. Atendió Valeria y él, en un acto reflejo, apretó la horquilla. Las manos le temblaban. Segundos después sonaba el teléfono ¿Eras vos? Sí, se me cortó. ¿Cómo sigue el nene? Como si nada, acaba de hacer uno de sus berrinches. ¿Luciana? Me tiene marcando el paso, no te demores porque está dispuesta a reemplazarte. Cuando Valeria rió Francisco sintió un sudor frío. ¿Pagaste la luz? preguntó ella.  Él cerró los ojos y contestó que sí. ¿Y la prepaga? Él informó aumentó y, con los ojos cerrados, apretándose la boca del estómago, se obligó a preguntar ¿cómo está tu hermana? Valeria, en medio del informe médico, imprevistamente le preguntó ¿me extrañás? Cuando, un infinito después, Francisco consiguió cortar, fue al baño, se arrodilló frente al inodoro y vomitó.

Se había despertado nauseoso. Abrió el botiquín y tomó una buscapina. Al único que  no podemos engañar es a ese señor que nos mira en el espejo cuando nos afeitamos decía uno de sus profesores. Francisco, brocha en mano, se contempló.  Ese que lo miraba era alguien que, aunque aparentaba ser recién nacido, debía haber habitado en él, indocumentado, desde siempre. Se supo ridículo además de culpable. Ridículo por su declaración de principios. Falso de toda falsedad. Fácil jugarla de íntegro cuando en realidad lo que le había faltado era una oportunidad.  Recordó los sermones que le había endilgado a  Horacio cuando su enredo con la secretaria. Sabés que la adoro a Adriana, esto es una travesura. Qué diría su amigo si se enterara de que su inflexible juez había claudicado. Recordó a Claudia cabalgándolo sobre el diván. Tuvo que cerrar los ojos. Los abrió y desde el espejo, media cara enjabonada,  se miró mirándose y supo que tendría que seguir mirándose día a día.

Despertó a los chicos y les preparó el desayuno. Cuando salieron ya se sentía mejor. Ante el colegio, los despidió con su pórtense mal. Luciana se bajó del auto y enfiló hacia la escuela pero, sorpresivamente, se dio vuelta digo yo, ¿los grandes no se aburren de ser siempre buenos? Camilo, ya en la vereda, miró al padre con complicidad, se mordió el labio, meneó la cabeza, y revoleó los ojos. Después se acercó a su hermana y le empujó el hombro con el puño. Entraron juntos. Reían.

Llegó al estudió y controló como siempre sus mails. La señora de Iglesias de acuerdo a lo convenido le adjunto el plano de lo preexistente. Horacio ya no sé cómo localizarte. Valeria te mando unos bloopers de gatos para que los chicos se rían un rato. Alicia aquí van los datos de Delia. Claudia. Minutos después levanta el tubo del teléfono para comunicarse con la señora de Iglesias  pero luego del primer número cambiará de opinión. ¿Los grandes no se aburren de ser siempre buenos?


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